Un cuento de Isaac Bashevis Singer

Les recomiendo la lectura de El autor, un excelente cuento de Isaac Bashevis Singer, traducido y publicado por la revista El Malpensante:

Golpeé en la puerta del hotel donde se hospedaba Sigmund Seltzer y oí que contestaban: “¡Bitte! ¡Entrez! ¡Come in!”. Abrí la puerta y vi un personaje rechoncho, bajito, con un vestido claro, sombrero de paja y zapatos amarillos, corbata de hilos dorados y una perla en el centro. Tenía un cigarro metido en la boca. Era difícil saber si acababa de entrar o estaba de salida. En la pared colgaba una mandolina. En la mesita reposaban unos álbumes. En el cuarto del hotel, Sigmund Seltzer había colgado una gran cantidad de fotografías, de sí mismo y de otros. Me pareció reconocer entre ellas a algunas actrices de cine. Dando un vuelco al cigarro con la lengua, preguntó cortante:

–¿Es usted el traductor?

– Sí.

–Entonces, siéntese. Entremos en confianza. A mí me disgusta lo ceremonioso. O somos amigos, o este trabajo no resulta. ¿Quiere tomar algo? ¿Whisky? ¿Coñac? ¿Jerez? ¿Coca-Cola?

–No, gracias.

–¿Comer algo?

–Acabo de almorzar.

–Mi abuela decía: las tripas no tienen fondo; mientras uno coma está vivo y un traguito nunca hace daño. ¿Usted sabe alemán?

–Traduje La montaña mágica.

– ¿Qué clase de montaña es esa?

–Es el título de una novela de Thomas Mann.

–¿Ah, sí? Es que no me queda tiempo para leer. Aquí está mi libro. Mi aventura como idealista. Tradúzcalo. Ha sido publicado en muchos idiomas, y ya es el momento de traducirlo al yiddish. Lo repartiré entre mis parientes. Quiero que mis padres estén orgullosos de mí. Además, seguramente se venderán unos doscientos ejemplares. Tengo muchos amigos. Mi abuela decía: el dinero es basura, pero los amigos son útiles.

–Usted tenía una abuela muy inteligente.

–Noventa y ocho años tenía cuando murió. Quería completar los cien, pero no se pudo. Yo hubiera querido ser un Rockefeller o un íntimo de Greta Garbo; pero me conformo con que la película que se haga de mi libro sea un éxito. Precisamente esta semana debo viajar a Hollywood. ¿Cuánto quiere usted por su trabajo? Dígame una suma global.

–Quinientos dólares.

–¿Con que quinientos dólares? Bien, no voy a regatear con usted. En París lo hubiera podido conseguir más barato, pero me llamaron de Hollywood. Haga un libro que valga la pena. Que tenga de todo: la vida del hombre, y el pensamiento, y el alma también. Un libro debe estremecer el corazón. Si no lo estremece, se perdió la lectura. Usted me entiende, ¿o no? En nuestro negocio hay que ser vivo

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