La paz imposible

Anderson Benavides cuestiona con humor, y no sin razón, la supuesta inclinación de los seres humanos a la paz, a la concordia. Por el contrario, dice el autor, nos fascinan las reyertas, las discusiones, tragedias y confrontaciones. Los momentos de tregua en nuestra vida cotidiana son muy pocos; cuando no peleamos, competimos ferozmente.

El sello de la violencia es una marca imborrable del género humano, ya que quizá una de las cosas que más complace a cualquier hombre es ver a los otros en notable inferioridad, y la forma más rápida y eficaz para lograrlo es apelando a los golpes y a las armas. Después de todo, nuestro mismo organismo es un tumulto interno y una eterna guerra sin cuartel de fenómenos químicos e ideas contradictorias, algo que nos indica que el mundo exterior no es otra cosa que un espejo de nuestras propias luchas intestinas. Los pocos momentos de tregua, tanto del organismo humano como de las guerras, no pasan de ser meros ahorros temporales de sangre que se aprovechan para rearmarse del mejor modo posible.

Para que se inicie una guerra o, lo que es lo mismo, una invasión de saqueo que prive a la agricultura de sus mejores manos, basta con que se haga correr un rumor o una cerca que delimite dos parcelas de tierra; para lograr la paz tendría que haber un árbitro pendiente las veinticuatro horas de que la cerca no se corra un milímetro de su lugar original, o un amputador de chismes de tiempo completo. De ahí emana que los tratados de paz, esos arrumes de documentos que todos mencionan pero que nadie ha leído jamás, se redacten según lo haya resuelto con anticipación la belicosidad.

Y es que, a decir verdad, ni porque se pusiera a dormir al mismo tiempo a todos los hombres que pueblan la faz de la tierra habría tranquilidad: por lo menos la mitad se soñarían persiguiendo o siendo perseguidos por sus enemigos. ¿Acaso quién, si se le diera la oportunidad, no cambiaría su insípida vida de oficinista por la de un Aquiles, un Héctor, un Diomedes, un Temístocles, un Alejandro o un Aníbal? ¿O por casualidad existirá alguien convencido de que la gloria se puede lograr sentado en un cubículo de trabajo, donde el mayor trofeo al que puede aspirar es el alivio de unos tragos oficinescos de fin de semana y el lánguido consuelo de la quincena en el bolsillo?

About Irad Nieto

About me?
This entry was posted in Ensayo, Revistas culturales. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s