El horror de atropellar a un perro

Lizzy Cantú publica en El Malpensante un testimonio, a la vez reflexión sobre las consecuencias y la carga moral de ese hecho tan ordinario de atropellar a un perro. ¿Por qué un perro despanzurrado por un coche nos sigue produciendo tanto problema? “Es terrible morir cuando se está cruzando una avenida. También lo es matar cuando ese no era tu objetivo. La víctima muere. Tú vives para recordarlo.” Acá parte del texto:

De pronto el perro estaba debajo de mi automóvil. Su cuerpo parecía hacerse añicos contra las ruedas y sus huesos crujían bajo las dos toneladas de hierro del chasís. Lo había atropellado. A cuarenta kilómetros por hora: una velocidad adecuada para recorrer un parque, pero sádica si es que aplastas un cuerpo. Era una tarde de abril en una esquina del barrio de las Mitras, en Monterrey, México, cuando el labrador amarillo y fornido emergió de sabe dios dónde corriendo más rápido que mi vehículo y mis reflejos. Fue tan veloz como inesperado. Antes de que yo pudiera pisar el freno con toda mi fuerza, él ya lamentaba su mala suerte o lo que fuese que nos había reunido allí, en el mismo metro cuadrado de la ciudad, en ese segundo exacto de la tarde, yo en un coche, él distraído. Crash. Todo accidente de tránsito es una coincidencia que produce malos recuerdos. Una relación violenta donde solo existe el desenlace.

Esa tarde, desde la vereda, un grupo de albañiles observaba sorprendido el encuentro. Detuvieron su chacota, voltearon a mirar. Una muchacha en pantalones cortos y sostén negro se precipitó inútilmente detrás del animal. (¿Estaría vistiéndose cuando tuvo que salir de casa?) Unos segundos después, el perro aún aullando se liberó de la presión del coche y escapó calle abajo dando vueltas como un loco. Nadie se movió. Ni los albañiles ni las hojas de los árboles. Solo la muchacha del sostén negro corría en pos de su mascota. No sé cuándo volví a respirar con normalidad. Al rato, ella regresó igual de atolondrada y desvestida, sin aliento, aunque sonriente. Todo estaba bien, me dijo, y ya podía irme. Había encerrado al sobreviviente. Luego se despidió como un juez que absuelve, magnánimo, al culpable. Pero el recuerdo era tan fuerte y castigador que me pregunto si es que acaso no había sido yo la verdadera víctima de ese accidente

About Irad Nieto

About me?
This entry was posted in Revistas culturales, Testimonio. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s