Reflexiones sobre el aburrimiento

El Malpensante publica la traducción de un ensayo de Andrew Anthony acerca de un tema clásico que ha regresado a la discusión académico-filosófica: el aburrimiento, esa conciencia de estar confinado en una situación concreta o en un mundo en el que Dios ha muerto. El aburrimiento puede fungir como aliciente de la creatividad. “Madurar”, dice Lars Svendsen, citado por Andrew, “es aceptar que la vida no puede permanecer en el reino de la infancia, que la vida hasta cierto punto es aburrida, pero al mismo tiempo darse cuenta de que esto no la hace invivible.” ¿Qué significa, pues, estar aburrido?

“Puede que no sea la noticia más emocionante del momento, pero el aburrimiento vuelve a estar de moda. Y no el aburrimiento en el sentido de tumbarse en un estudio marrón sin ningún tipo de expresión, una práctica que, en mi experiencia, nunca ha dejado de estar de moda, salvo como un objeto (en lugar de un producto) del estudio académico. En años recientes, un tema que había caído en una especie de letargo analítico, ha sido reanimado por un número importante de libros académicos. El último de estos textos es Boredom: A Lively History “El aburrimiento: una historia animada”, escrito por Peter Toohey, un profesor de clásicos australiano que vive y trabaja en Canadá –país que carga con la desafortunada reputación de ser muy aburrido–.

“¿Qué es el aburrimiento? ¿Se trata de un estado de ánimo, una emoción, una aflicción, una forma de protección social, una puerta hacia la esencia del yo o una afectación moderna? Desde la Ilustración, esta pregunta ha inquietado a filósofos y pensadores, primordialmente porque el aburrimiento comparte territorio con conceptos que se escriben con mayúscula como Ser y Tiempo.

“No puedo pretender que mi propio interés en la materia haya sido siempre así de elevado. La mayoría de las veces que pienso en el aburrimiento lo hago con un interés personal básico por un estado que deseo evadir a toda costa. Desde que era un niño he sentido una aversión extrema por situaciones potencialmente aburridas.

“Esas tardes interminables de domingo de verano que transcurrían entre el final de The Big Match y la hora de acostarse, todavía con luz, rondan en mi memoria con insistencia proustiana. No puedo evitar pensar en las noches ciegas de la adolescencia, las visitas obedientes a los parientes, las reuniones laborales no menos deprimentes que vinieron después, las horribles obligaciones sociales de la vida adulta y todos los demás eventos sin eventualidad, como trozos de tiempo vital que me han sido robados irreemplazablemente, interludios o premoniciones de la muerte.

“Mi temor se ha enfocado, entonces, en lo que el psicólogo alemán Martin Doehlemann llamó “aburrimiento situacional”, el tipo de aburrimiento que experimentas mientras esperas que la pintura se seque, y que es tan viejo como la pintura misma. Hay grafitis del siglo I en Pompeya que se refieren al aburrimiento con la irónica sensibilidad de un Banksy antiguo. Uno de ellos dice en latín: “Muro, me pregunto por qué no has caído en ruinas cuando tienes que cargar con todo el aburrimiento de los que sobre ti escriben”.

“Doehlemann estableció una distinción entre este aburrimiento situacional de vieja data y su primo intelectual más reciente, el “aburrimiento existencial”, que llega al mismísimo centro de la modernidad posterior a la Ilustración (el verbo “aburrir” no llegó a algunas lenguas hasta la segunda mitad del siglo XVIII). Este aburrimiento se refiere al desaliento indolente que resulta de la muerte de Dios, la búsqueda romántica de significados personales y el encuentro metafísico con la nada, sobre el cual legiones de escritores de Flaubert a Ballard han vertido baldados de tinta.

“Si bien el aburrimiento existencial no está ligado a una situación temporal como una tarea doméstica molesta, no por eso deja de ser fruto de las circunstancias en tanto proviene de un cierto grado de riqueza y ocio. En general, los campesinos iletrados que trabajan todo el día en el campo no pueden darse el lujo de desesperarse por el colapso incesante de significados que se genera culturalmente en un universo sin Dios

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