1985

Hermano cerdo publica una buena crónica de Paola Tinoco sobre aquel terrible 19 de septiembre de 1985:

Montañas de cadáveres traídos de diferentes partes de la Ciudad de México se acumulaban en el salón del Deportivo Coyuya, donde tomaba clases de gimnasia a los 11 años. Fue el primer día que asistí al deportivo después de los terremotos. Escuché cuando le decían a mamá, en voz baja, que no había suficiente espacio en hospitales y morgues para tantos cuerpos. Algunas semanas después nos informaron que podíamos regresar al deportivo, pero era imposible entrar en el salón con el olor del formol. La maestra decidió llevarnos al jardín a hacer gimnasia, no sólo por la fetidez de aquellas paredes: otro motivo, igual de triste que ejercitarnos en un espacio usado como bodega de cuerpos sin vida, era que nuestro salón y otros del deportivo se convirtieron en albergue para familias cuyos hogares habían sido devastados por los terremotos.

Al poco tiempo la pestilencia fue sustituida por el aroma del chocolate con leche donado por un grupo de voluntarios que atendían a los damnificados. Mis compañeras y yo no tardamos en hacernos amigas de los niños que dormían en el albergue y los voluntarios no hacían distingos a la hora de repartir el chocolate.

***

El conjunto habitacional donde vivía fue bautizado por los vecinos del barrio como Los Palomares, sobrenombre ganado por el minúsculo espacio en que vivían familias de cinco o seis integrantes. El portón de metal era de color ladrillo, como las molduras de los diez edificios amarillos identificados con letras de la “A” a la “J”. Los edificios de la “A” a la “D” eran los más cercanos a la salida, que daba hacia una amplia avenida. Esa avenida era la mayor preocupación de mis padres porque conocían mi costumbre de salir del conjunto de edificios en bicicleta y sin permiso. Un camellón separaba a Los Palomares de los Multicinemas Ramírez, un boliche, una pizzería y a unas cuadras de ahí, frente a la única gasolinera del barrio, un nuevo almacén de ropa llamado Alexander, construido en lo que fuera un inmenso lote baldío. La tienda oscilaba entre un Suburbia y un Liverpool sin llegar a ser ninguno de los dos. La gente del barrio se entusiasmó con su llegada en principio, porque había eliminado la presencia de los vagos que habitaban el baldío y después porque la ropa era de buena calidad y de bajo costo. Yo quería que fuera un Liverpool porque siempre me ha gustado el aroma a galletas recién horneadas que se respira cuando entras por el departamento de dulcería. Alexander no tenía dulcería

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