De literatura y mercado

Patricio Pron escribió un lúcido y pertinente ensayo acerca de la relación entre literatura y mercado. Una relación antigua que no siempre ha sido pacífica, pero que hoy día parece menos tensa debido a que una buena parte de los escritores han asumido, acríticamente, las reglas y la lógica del negocio y la farándula literarias. Si la literatura, como ámbito de discusión de las ideas, ha perdido prestigio social, no se debe necesariamente a la presencia de otras formas de entretenimiento o a las nuevas tecnologías, sino a la internalización, por parte de los autores, de una lógica mercantil que preside la creación y producción de la literatura. ¿Qué tipo de prácticas valdría la pena poner en juego para generar una literatura que no esté al margen del mercado (al que ocupa), pero que tampoco reproduzca sus reglas e intereses; en otras palabras, que no sea, en sí misma, conservadora? “Se trata, dice Pron, de devolver a los libros su lugar como la instancia legitimadora y el objeto último de la literatura…”. Acaso pugnar por una literatura insurreccional.

Escribe Patricio Pron:

1

Julien Gracq finaliza su extraordinario panfleto La literatura como bluff (1950) con el diagnóstico terrible de las letras de su tiempo: “Una literatura de pedantes.” Al tratarse de las últimas cuatro palabras de su ensayo, estas adquieren el carácter de una conclusión, que me permito repetir por ello. “Una literatura de pedantes”, dice Gracq refiriéndose a la literatura francesa de su tiempo pero tal vez no solo a ella, ya que en los fenómenos más recientes en el panorama literario en español puede percibirse la misma pedantería que denunciaba Gracq. Voy a referirme a algunos de ellos aquí porque me parecen muy significativos de lo que son las relaciones entre literatura y mercado en España y América Latina en los últimos años; también, porque nos permiten identificar a los actores más relevantes de una escena de cierta complejidad en la que confluyen lectores formados y habituados a un tipo de consumo literario minoritario y lectores de escasa formación y gustos mayoritarios, editores interesados tan solo en el descubrimiento del siguiente multiventas y editores que conciben su trabajo como una tarea política, libreros, críticos voluntariosos, críticos doctrinarios, críticos que no leen, suplementos culturales, revistas de literatura, blogs y libros y personas que los escriben. Vamos a hablar de estos últimos.

2

Mario Muchnik tituló su libro de 1999 Lo peor no son los autores, pero yo no estoy seguro de que estuviera en lo cierto, por lo menos no si pienso en los autores que irrumpirían en la siguiente década y podrían caracterizarse –aun a riesgo de incurrir en un cierto reduccionismo, ya que hay tantas variantes individuales como autores– en dos grupos en virtud de sus actitudes y prácticas: el primero de estos grupos siente una cierta nostalgia de la autoridad y de la tradición y produce una literatura cuyo horizonte de posibilidades y modelo son los de la novela realista decimonónica, de la que han heredado la afición por la extensión narrativa y la linealidad y una visión del mundo de acuerdo a la cual las iniquidades y desigualdades son resultado de un devenir histórico que, por su propia dinámica progresista, tiende a corregirse a sí mismo; el segundo de estos grupos, por su parte, tiene su horizonte estilístico en la imitación de las técnicas cinematográficas y televisivas en la ficción narrativa y se articula en torno al enorme valor que el sistema literario otorga a todo aquello que irrumpe en él como novedad, es fragmentaria y epigonal de ciertas formas ya practicadas en la narrativa anglosajona y francesa de los últimos veinte años y sostiene una visión del mundo de acuerdo a la cual el consumo cultural y los medios económicos que se requieren para financiarlo están al alcance de todos nosotros, de modo que el gran personaje de nuestros tiempos es el sujeto individual y el gran tema, sus hábitos de consumo

Para seguir con la discusión, no dejen de leer Literatura con estómago, de Laura Freixas.

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