La irrupción de una violencia inexplicable

Fernanda Solórzano escribió para Letras Libres una excelente reseña crítica de Miss Bala. Al describir y reflexionar sobre las cualidades cinematográficas de este filme, Solórzano lo anota con mucha claridad: lejos del panfleto, la indignación colectiva por la violencia y la denuncia vulgar, Miss Bala aprieta y se mueve por los resortes universales del miedo. El horror profundo que narran sus imágenes se acerca más a la experiencia del arte que a la manida nota roja. Más que explicar y enseñar, enuncia (por otras vías) el problema de la violencia y el narcotráfico en México. Antes que hacer una caricatura de los narcos, los retrata en todo su pragmatismo y en la cotidianidad de su negocio. “Si hay quien empieza el día con una videoconferencia, él [Lino, uno de los protagonistas] cuelga cadáveres en un puente peatonal”. Comiencen a leer ustedes mismos:

Dan ganas de no usar la frase “narcotráfico en México” para referirse a Miss Bala, del mexicano Gerardo Naranjo. No porque el tema sea escabroso (faltaba más) o irrelevante en la trama, sino porque rápido la hace sonar como una película de corte social, preocupada por denunciar. No que esté mal o incluso sea posible –toda ficción dialoga con su momento histórico, se lo proponga o no– sino que toca fibras más finas que la indignación colectiva. El tipo de horror con que lidia Miss Bala es más hondo y primigenio, más propio a la experiencia del arte que a la repulsión o al morbo de la nota roja. Esto la hace una mejor película, pero hay quien no lo ve así.

Hace justo un año, El infierno, de Luis Estrada, llevó al cine por primera vez lo que veíamos, escuchábamos y leíamos en todas partes menos ahí. El rezago del cine, por un lado, y que las cosas en el país no mejoren, por otro, dan lugar a la creencia de que toda película que toque de nuevo el tema debe tener una agenda clara, y que su director, antes que talento, debe mostrar compromiso. Pero el arte tiene sus reglas, y no son precisamente esas. Las obras al servicio de criterios que no son intrínsecos –por ejemplo, los de corrección política– se estancan en su momento y nunca pasan de ahí. Miss Bala se ubica en México –en el centro de su huracán más grande– pero no ofrece soluciones ni ayuda a sentirse mejor.

La trama se basa en una anécdota del 2008 y en la imagen fascinante que sirvió para difundirla. En ella aparecen siete hombres y una chica guapa, detenidos por la policía, posando junto a las armas, celulares y dólares que llevaban en una camioneta rumbo a un viaje “de compras”. Ellos miran a las cámaras con despreocupación y cinismo; ella, al contrario, tiene la mirada clavada en el piso. Y es, literalmente, una reina de belleza. Coronada ese año con el título de Miss Sinaloa, Laura Elena Zúñiga dijo ser la novia de uno de los detenidos, y no estar enterada de que era un jefe del cártel de Juárez. No hubo pruebas en su contra y fue puesta en libertad.

En las notas de prensa que acompañaron el estreno de Miss Bala en Cannes, el productor Pablo Cruz y el director Gerardo Naranjo dicen que el gesto de Zúñiga les dio la idea de contar una historia que imaginara por qué estaba ahí. En colaboración con Mauricio Katz, Naranjo escribió un guion narrado desde el punto de vista de alguien que, como Zúñiga, llega de un mundo distinto y acaba con las manos esposadas

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