Ni apocalipsis ni choque de civilizaciones

Les recomiendo el texto que hoy publica Jesús Silva-Herzog Márquez, entre crónica y ensayo, sobre los atentados del 11 de septiembre de 2001 (ese “trofeo de una helada ingeniería del odio”) y lo que siguió. Va un fragmento:

Tardé mucho en ver las imágenes de las torres desplomándose. Había escuchado en el radio del taxi que los dos edificios habían colapsado pero no me lo creí. Me parecía imposible que eso hubiera sucedido. Pensé que en inglés la palabra significaría algo distinto: me imaginaba que las torres habían quedado inservibles, que tal vez el daño sería irreparable, pero no me imaginaba que habrían podido desplomarse. Todo el mundo lo había visto ya en la televisión, pero yo, a unos kilómetros de distancia, lo ignoraba. Supe del ataque muy temprano y relativamente cerca de los hechos. Estaba en el aeropuerto John F. Kennedy para regresar a México. Mi vuelo se canceló. Primero escuché a un policía decir que había habido un accidente en el World Trade Center. Unos minutos después, el accidente se transformó en ataque: había que evacuar inmediatamente el aeropuerto. Por primera vez en mi vida pensé que podría estar en el objetivo de un ataque. Me lo dijo otro policía: ya son dos los avionazos en el WTC y el aeropuerto puede ser el siguiente blanco. No fue fácil salir de ahí. La isla se aisló durante horas. Cuando el puente se abrió, caminé para contemplar el cuadro más horrible que he visto: la silueta de la ciudad y el humo saliendo de la base de los edificios ausentes. Era una imagen propia del cine, pero la veía yo sin el marco de una pantalla. Sentí una profunda tristeza de especie. Esto no era el azote de un huracán, la sorpresa de un terremoto. Esto era el trofeo de una helada ingeniería del odio. Transformar un avión en una bomba; llamar la atención con un golpe para escenificar la muerte masiva ante las cámaras. Cargaba mi maleta sobre el puente y veía la herida humeante. A la mañana siguiente olí la tragedia. Algo de la muerte, algo de los fierros quemados, algo de un avión habré respirado.

Recuerdo estas sensaciones porque creo que el 11 de septiembre fue una representación del apocalipsis y no hemos podido sacudirnos esa escena, esa impresión de la conciencia. En una declaración que indignó con razón a medio mundo, el compositor alemán Stockhausen consideró que los ataques habían sido la máxima obra de arte de todos los tiempos. Por supuesto: puede pensarse que es una aberración darle al crimen rango artístico pero a lo que alude el músico es a la insuperable intensidad emocional de ese momento, a esa comprimida comunicación sin palabras. Nada ha comunicado tanto, nada ha trasmitido tanto, nada ha penetrado tan hondo como esa escena. El ataque estaba cuajado de símbolos. La imaginación puede transformar cualquier cosa en arma; la capital económica del imperio atacada en sus emblemas más arrogantes; la televisión como trasmisora en vivo del terror; el suicidio como aviso de lo innegociable. Fueron dos torres las que se vinieron abajo pero con ellas se desplomaban muchas certezas y cualquier tranquilidad

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