Biopolítica

Invitado a participar en el I Congreso Internacional de Biopolítica y Educación, en Buenos Aires, el sociólogo Nikolas Rose habló con Revista Ñ para discutir las formas en las que el poder interpela, corrige, interviene y medicaliza nuestros cuerpos, nos entusiasma para vivir “bajo la sombra del futuro”. Va una breve introducción de Flavia Costa y luego la entrevista:

En los últimos años, en particular a partir de la publicación de los cursos dictados en el Collège de France a fines de la década de 1970, la recepción de los trabajos de Michel Foucault sobre el poder viró el foco de atención desde el estudio de las sociedades disciplinarias y el modelo del panóptico hacia la biopolítica, es decir, hacia la tesis más general según la cual la política moderna ha sido, y sigue siendo, una política de y sobre la vida. Una política no tanto de la represión o supresión de lo viviente, sino de su potenciación selectiva. La disciplina aparece, así, como un aspecto de ese bio-poder que toma a su cargo la vida biológica de las poblaciones: ese en el cual los cuerpos son interpelados por el poder –psiquiátrico, médico, penitenciario, industrial-capitalista– en tanto “cuerpos dóciles” que es necesario vigilar, corregir y normalizar.

La interrogación biopolítica abre nuevos campos de análisis ya que se interesa por otras modalidades de actuación del poder, como la línea que ya no sólo interpela a la vida a través de ortopedias sino que, gracias a los saberes de la biomedicina, la genética y las biotecnologías, se introduce en los cuerpos medicalizándolos, operándolos para modificarlos “desde adentro” con el consiguiente cambio en los modos de subjetivación.

En la estela de esas indagaciones se inscriben las investigaciones del sociólogo británico Nikolas Rose. Director del centro BIOS de la London School of Economics, donde estudia precisamente los vínculos entre medicina, biociencias y sociedad, editor de la prestigiosa revista BioSocieties, Rose es uno de los autores más reconocidos en el ámbito de los “anglofoucaulteanos”. En la década de 1990 estudió el papel de la psicología clínica como “tecnología del yo” (de eso habla su libro La invención de nosotros mismos); luego se abocó a la manera en que la genética y la biomedicina transformaron el modo de autocomprensión de los sujetos. Actualmente, su objeto es la neuropsiquiatría.

Menos crítico que otros autores “biopolíticos”, descarta el rechazo puro y simple de las nuevas tecnologías biomédicas, ya que muchas de esas estrategias “están orientadas a que las personas hagan de sus vidas lo mejor posible”. Defiende así una metodología empírica y analítica que, según él, permite abordar estos fenómenos en su complejidad.

De visita en la Argentina para participar en el I Congreso Internacional de Biopolítica y Educación que se celebra en estos días en Buenos Aires, invitado por la Universidad Pedagógica, Rose habla en esta entrevista de algunos de los tópicos clave de su libro The Politics of Life Itself (Las políticas de la vida, de 2007), donde afirma, entre otras cosas, que las biopolíticas contemporáneas se han convertido en “políticas moleculares”. Esto significa, en sus palabras, que “el modo de relacionarnos con el cuerpo ya no es primordialmente el entrenamiento, la corrección, la disciplina, la exclusión, sino que se lo interviene para cambiarlo y maximizarlo”.

-¿Qué consecuencias tiene que las biopolíticas sean hoy “políticas moleculares”?
-La biopolítica de los siglos XIX y XX se ocupaba del cuerpo como un todo, diferenciando razas, clasificando a los individuos según sus capacidades intelectuales o físicas, enfocándolos como una totalidad. El individuo era visto como un ensamble de órganos, y los colectivos como ensambles de individuos. Y en cierto nivel, las personas siguen visualizando su cuerpo como constituido por partes: los miembros, los órganos, las hormonas. Muchas prácticas trabajan con el cuerpo como un todo, incluso desde la superficie, como las de belleza o el fitness. Pero algo diferente está ocurriendo. Las personas ya no son vistas como un agregado de piezas, sino como un ensamble de procesos moleculares, que pueden ser entendidos en términos de precisos mecanismos que ocurren dentro del cuerpo. Y una vez que los cuerpos empiezan a entenderse así –como empiezan a entenderlo las ciencias de la vida– es posible pensar en que es posible intervenir, transformar, modelar los cuerpos. En términos generales, esto implica una transformación en las técnicas del poder. El poder ahora se focaliza en optimizar los cuerpos, antes que en vigilarlos o modelarlos ortopédicamente. Desde luego, hay muchas ocasiones en las que los cuerpos siguen todavía siendo disciplinados, excluidos, incluso eliminados. Pero sin minimizar la gravedad de estas acciones negativas, entiendo que ellas suelen estar hoy en parte justificadas por el intento de optimizar y maximizar la vida y las capacidades corporales.

-¿Implica esto que la biología ya no es un destino?
-En la época de la biopolítica molecular ya no tiene sentido considerar que la biología es un destino, que nuestra naturaleza es una fatalidad: podemos intervenir sobre ella y manipularla. Eso nos convierte en personas responsables, atentas a lo que nos puede ocurrir. Ya no se trata de “cuerpos dóciles”. Estas tecnologías interpelan a cuerpos muy activos: los individuos deben actuar sobre sí mismos, deben entenderse, tomar decisiones y transformarse

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