Sergio Pitol

Con motivo de la publicación de Autobiografía soterrada, de nuestro viajero profesional Sergio Pitol, Revista Ñ publica un buen retrato (firmado por Mauro Libertella) del escritor y traductor:

Casi todos los mexicanos notables vivieron, alguna vez, fuera de México. Octavio Paz fue embajador azteca en la India, Japón y Francia, donde capitalizó esa luminosa perspectiva que ofrece estar lejos del país natal y escribió un libro extraordinario sobre su terruño: El laberinto de la soledad. Margo Glantz residió en Francia, Inglaterra y Estados Unidos, y a partir de entonces los cielos del mundo pasaron a ser para ella lo que para muchos de nosotros son las calles y las avenidas de nuestra ciudad. Sobre Carlos Fuentes, de tanto vivir en Inglaterra, ya es imposible arriesgar de dónde es. Pero todos esos viajes y exilios se vuelven tanteos tímidos, apenas bocetos de movimiento, al lado de la voracidad intercontinental de Sergio Pitol. Debe ser uno de los escritores latinoamericanos con más sellos en el pasaporte, pero a diferencia de alguien como el francés Joris-Karl Huysmans que viajaba por el mundo en un auto con las cortinas cerradas, sólo para sentir en el cuerpo los efectos físicos del desplazamiento y que después evitaba que su obra tuviera el mínimo rasgo de ese viaje, todos los países en los que vivió Pitol están con mayor o menor entidad en sus libros. Si viajó para escribir o escribió para viajar es un interrogante de espejos invertidos que sólo él puede desarmar.

Vivir afuera

Veamos. Sergio Pitol nació en la ciudad de Puebla en 1933, un año que lo haría compartir el mapa generacional de la narrativa mexicana del 50, con un puñado de escritores de poética avanzada, renovadora, como Juan García Ponce, Salvador Elizondo, José de la Colina, Vicente Leñero, Carlos Monsiváis o Juan Vicente Melo. En España, a esa generación se la llama “los chicos de la guerra”, pero en México estos chicos no tuvieron una guerra, o por lo menos no se educaron con las mismas batallas. Sin embargo, Pitol nunca se terminó de sentir demasiado cómodo con la idea de generación. Quizá porque empezó a escribir tarde. En esa década del cincuenta, cuando la cultura mexicana se transformaba, Pitol era un flamante egresado de Derecho que descubría de súbito que lo suyo era la literatura y que curtía los bares de la noche letrada para hablar de poéticas y destilar las primeras ironías del campo literario. Las lecturas del joven Pitol eran, ya en esa época, centralmente europeas: la alta narrrativa inglesa, los faros franceses del momento, algo de la nueva narrativa norteamericana que empezaba a modificar la retórica literaria anglosajona para siempre. Todo lo que hacía, entonces, tenía que ver con la literatura, pero hacía todo menos escribir: “En esos años no tenía la menor idea de convertirme en escritor. En cambio, apostaba a llegar a ser editor, por eso mismo me preparaba con la corrección de manuscritos, de galeras y planas, traducía artículos y libros y escribía notas de lectura para varias editoriales”.

En 1961 tomó la decisión que definiría su vida: vendió sus libros, algunos muebles y se embarcó a Europa. Llegó a Roma y sintió algo del orden de la epifanía; en el Viejo Mundo, equilibrio exacto entre tradición y vanguardia, se cristalizaba eso que había inferido en los libros y que ahora se materializaba frente a sus ojos, todo de golpe, como en un pase de ilusionismo. Rápidamente volvió a México, hizo lo que tenía que hacer para seguir viajando, y ya no se detuvo. Frenética hoja de ruta: fue agregado cultural en París, Varsovia, Budapest, Moscú, Praga. Vivió también en Roma, Pekín, Barcelona, Nueva York. En un país con un hiperactivo Servicio Exterior para los intelectuales como es México, Pitol fagocitó como nadie esa maquinaria para estar siempre en otro lado. El costo de esa dinámica muchas veces es alto, porque los intelectuales son empleados del Estado, y la distancia crítica –por no usar la demasiado erosionada palabra “libertad”– a veces se reduce a cero. La discusión queda para otra instancia

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