‘La guerra también contra nosotros’. Una crítica de Geney Beltrán

El ensayista y novelista Geney Beltrán nos ofrece su lectura crítica, siempre con argumentos, de El ruido de las cosas al caer (Premio Alfaguara 2011), de Juan Gabriel Vásquez:

Es la Colombia reciente: se nos narra una balacera de 1996 en la que muere un ex presidiario, luego sobre los orígenes del narcotráfico en la década de 1970. Pero El ruido de las cosas al caer, nueva novela de Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973), vale menos por lo que menciona de bombazos y cargamentos de cocaína que por la guerra que contundentemente crea en el interior del protagonista: el propio cuerpo se le vuelve a Antonio Yammara, joven profesor de derecho, un territorio vulnerable a raíz de que el miedo invade su psique. El libro triunfa cuando hace ver el íntimo terror que trastoca la vida de su protagonista —y falla cuando insistentemente nos informa que la violencia de las calles ha venido acompañando a una generación.

Antonio Yammara vive en Bogotá. Se enreda en amores con Aura, una hermosa ex alumna; se han embarazado, viven ya juntos. Él conoce en el billar de las tardes a Ricardo Laverde, piloto y ex convicto que, una tarde, es asesinado a balazos —y Yammara mismo resulta herido en el incidente. Durante su estancia en el hospital, el hombre va advirtiendo cómo la violencia exterior ha empezado a hospedarse en su cuerpo. Y ese reiterado sismo de los nervios se deja ver gracias a una prosa de fraseo largo virada a los detalles, construida desde la carne alterada de un personaje cuya paranoia se vuelve una estética: el miedo le ha afinado la percepción, que se detiene en lo que no por nimio dejará de ser posiblemente adverso. Hay en esta escritura además un tenor reflexivo, con cierto aire de Javier Marías (“No hay nada tan obsceno como espiar los últimos segundos de un hombre: deberían ser secretos, inviolables, deberían morir con quien muere”), y una imaginería de lo físico de, a ratos, poética eficacia (“su cara era una fiesta de la cual ya se han ido todos”).

Hasta aquí tenemos novela y personaje. Pero lo que viene después: no lo creo tanto.

Si el siglo XX se convirtió en la hora máxima de la novela hispanoamericana, lo fue porque —y esto lo han dicho tantos antes— el testimonio interesado en lo social fue desatendido o, en otros casos, incorporado a una escala superior: la creación, siempre, de mundos ficcionales. Frente a esa jurisprudencia, advierto en El ruido un desistimiento. Sí, Vásquez ha reflexionado sobre la ficción —sus ensayos de El arte de la distorsión (2009) incluyen inteligentes tomas de partido— y ha vinculado su intuición fabuladora a la de nombres como Conrad, Naipaul y Bellow, no a la de novelistas de lengua española. Con todo, si damos espacio, por esa rivalidad que propicia el incesto de la lengua y la geografía, a una filiación contrastiva entre El ruido y ficciones hispanoamericanas sobre la violencia urbana (Los siete locos o Conversación en la Catedral o El obsceno pájaro de la noche), detecto entonces una disparidad: Vásquez, me temo, renuncia a la ambigüedad de la novela para dar paso a la claridad de la lección de Historia

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