Un relato de Maupassant

El Cultural publicó hace unos días el relato Mi mujer, de Guy de Maupassant, que forma parte del libro Todas las mujeres (Siruela, 2011). Disfruten esta narración:

Ocurrió al final de una cena de hombres, de hombres casados, viejos amigos, que se reunían de vez en cuando sin sus mujeres, en plan de solteros, como en los viejos tiempos. Se comía durante largo rato, se bebía mucho; se hablaba de todo, se removían viejos y alegres recuerdos, esos recuerdos cálidos que hacen sonreír a los labios y estremecerse el corazón a pesar de uno mismo. Se decía:

«¿Te acuerdas, Georges, de nuestra excursión a SaintGermain con aquellas dos chavalas de Montmartre?

-¡Vaya que si me acuerdo!».

Y volvían a encontrarse detalles, y esto y lo otro, mil pequeñas cosas que todavía hoy causaban placer.

Se llegó a hablar del matrimonio, y cada cual dijo con aire sincero: «¡Oh, si hubiera que volver a empezar…!». Georges Duportin añadió: «¡Con qué facilidad se cae en él! Uno estaba decidido a no casarse nunca y luego, en primavera, va al campo, hace calor; el verano se presenta bien; la hierba está florida; conoce a una joven en casa de unos amigos… ¡y zas!, ya está. Uno vuelve casado».

Pierre Létoile exclamó: «¡Exacto! Ésa es mi historia, sólo que tengo detalles personales…».

Su amigo lo interrumpió: «Lo que es tú, no te quejes. Tienes la mujer más encantadora, bonita, amable y perfecta del mundo; eres, desde luego, el más feliz de nosotros».

El otro contestó:

«No por culpa mía.

-¿Cómo es eso?

-Es cierto que tengo una mujer perfecta; pero me casé con ella a pesar mío.

-¡No digas!».

-Sí… La aventura fue así. Yo tenía treinta y cinco años, y pensaba tanto en casarme como en ahorcarme. Las chicas me parecían insípidas y adoraba el placer.

Fui invitado el mes de mayo a la boda de mi primo Simon d’Erabel, en Normandía. Era una auténtica boda normanda. Nos sentamos a la mesa a las cinco de la tarde; a las once seguíamos comiendo. Me habían emparejado, para la circunstancia, con una tal señorita Dumoulin, hija de un coronel retirado, una joven rubia y militar, bien formada, atrevida y habladora. Me acaparó por completo durante toda la jornada, me arrastró al parque, me hizo bailar quieras que no, me abrumó.

Yo me decía: «Por hoy, pase; pero mañana me largo. Con esto ya es suficiente».

Hacia las once de la noche, las mujeres se retiraron a sus habitaciones; los hombres se quedaron fumando mientras bebían, o bebiendo mientras fumaban, si ustedes prefieren.

Por la ventana abierta se divisaba el baile campestre. Palurdos y palurdas saltaban en corro, vociferando una melodía de danza salvaje que acompañaban débilmente dos violinistas y un clarinete situados sobre una gran mesa de cocina en forma de estrado. El canto tumultuoso de los aldeanos cubría a veces por entero el sonido de los instrumentos; y la débil música, desgarrada por las voces desenfrenadas, parecía caer del cielo en jirones, en pequeños fragmentos de notas dispersas

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