Fragmento de “La Gaviota”, novela de Sándor Márai

La Jornada publicó ayer un fragmento de la novela La Gaviota, de Sándor Márai, que pronto circulará en librerías bajo el sello de Salamandra. Les dejo una parte del texto:

Mientras permanece así sentado, una mujer sube la escalinata del vasto edificio a paso vivo, ligera como las aves, como si saltara de un escalón a otro. La mujer se apresura a su encuentro, pero él no lo sabe.

No la conoce, jamás la ha visto. Sigue sentado a la mesa, cubriéndose la cara con las manos. Piensa en la guerra y se esfuerza en imaginar lo que esa palabra supondrá en realidad al día siguiente, y dentro de un año. Quienes hasta el momento sólo habían conocido la guerra a través del cinematógrafo, ahora la conocerán como a una persona que tiene no sólo nombre y reputación, sino también un cuerpo. Le gustaría poder ayudar a alguien. En instantes así, tal vez lo más correcto sería elegir a una persona entre la inmensa población mundial y dedicar todas las energías a prestarle ayuda. A un hombre o una mujer que lo merezca. Pero ahora, de pronto, la palabra “merecer” ha perdido significado, enfrentada a la realidad que están viviendo, pues todos merecen por igual poder cumplir su destino. Y dentro del gran destino colectivo, de la guerra, las personas también tienen su destino particular, el pequeño, el pleno.

Cuando llega al primer piso, la mujer se detiene en el rellano. Mira alrededor con cautela, comprueba que no hay nadie a la vista y entonces, como un ladrón, extrae con gesto rápido la polvera del bolso, con la mano enguantada limpia los granitos de arroz pegados al espejo y luego se empolva la nariz. La operación dura sólo unos segundos. Después, con seriedad y aprensión, se observa el rostro en el diminuto espejo. Está inquieta, en el estómago nota el nerviosismo de los estudiantes antes del examen final. Al oír pasos, recupera rápidamente el aspecto de una dama ceremoniosa. Continúa hacia el piso de arriba, ya más serena, y entonces se cruza con un hombre mayor. Éste, deteniéndose a mitad de la escalera, la sigue con la mirada, una mirada eminentemente masculina. “¡Menuda belleza!”, se dice, y, soltando un débil silbido, prosigue el descenso.

Sí, ella también sabe que es “una belleza” y hoy lo sabe más que nunca, de la cabeza a los pies. Esa misma mañana ha dudado largo rato si calzarse las botas para la nieve o no, vista la copiosa nevada de la noche anterior. Finalmente, ha decidido emprender el camino sin botas, con zapatos abiertos de piel de foca y suela fina, y medias de seda color carne, tratando de no mancharlos con el barro de la calle. Ahora, calzada con esos zapatos elegantes, siente frío y tiene piel de gallina, pero precisamente ese día no debe ocultar con las botas sus tobillos ni sus bien torneadas y bellas pantorrillas.

Va a visitar a un hombre a quien no conoce. Se detiene en la segunda planta y descansa unos instantes. En el edificio reina una temperatura cálida y agradable; el pasillo abovedado y blanco parece conducir hacia un monasterio. De las paredes cuelgan antiguos grabados de marcos dorados que representan la ciudad. Todo tiene un aura serena y majestuosa. La mujer suspira brevemente. No ve a nadie. Extrae un papelito del bolsillo del corto abrigo de piel y deletrea un nombre. Luego mira alrededor con ojos miopes, entornando los párpados. Entonces un hombre vestido de librea se le acerca y ella pronuncia el nombre.

Es la primera vez que lo dice en voz alta. Cuando se pronuncia un nombre, fuerzas e hijos desconocidos del universo conectan a dos personas, igual que una central telefónica. El hombre de librea asiente con la cabeza y dice:

–El señor consejero sólo recibe visitas hasta las doce.

–Ésta es mi tarjeta –dice la mujer en mal húngaro–; le ruego se la entregue.

Esa respuesta halaga al subalterno, pues, como todo hijo de un pueblo pequeño, considera un honor que un extranjero se esfuerce en hablar su idioma. Con un amable gesto ofrece asiento a la desconocida y se aleja con la tarjeta en la mano.

Ella se sienta en el sofá tapizado de verde. Se aprieta la mano contra el pecho y nota el corazón acelerado

About Irad Nieto

About me?
This entry was posted in Diarios, Libros, Novela. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s