Literatura libertina. Más allá de todos los frenos

A propósito de la publicación de Cuentos y relatos libertinos (FCE), traducidos y antologados por Mauro Armiño, Ezequiel Alemian escribe en Revista Ñ un buen ensayo crítico sobre la literatura y la actitud libertinas, que alcanzaron su mayor auge, esplendor, en el siglo XVIII. Les dejo unos fragmentos del ensayo Historia crítica del libertinaje:

No fueron los virtuosos sino los voluptuosos los que hicieron la revolución francesa, señaló Charles Baudelaire en el prólogo que escribió a Las relaciones peligrosas, la novela epistolar del geómetra y artillero Choderlos de Laclos que es uno de los textos más destacados de la literatura libertina.

El libertinaje, según lo definió el Marqués de Sade en alguna de las mil páginas de su monumental Juliette, o las prosperidades del vicio, “es un extravío de los sentidos que supone ir siempre más allá de todos los frenos, un desprecio soberano por cualquier tipo de prejuicio, el rechazo absoluto de toda forma de culto, el horror más profundo hacia las normas morales”.

Etimológicamente, el término proviene del latín (libertinus significa hijo del libertus, que era el esclavo que acaba de ser liberado). Sin embargo, son dos acepciones posteriores las que le dan su sentido más contemporáneo. Por un lado, el libertino es un libre pensador que cuestiona los dogmas establecidos; por el otro lado, es quien se entrega a los placeres sexuales rompiendo con la moral dominante. En su novela Teresa filósofa, Boyers d’Argens señaló que “el libertino abraza la voluptuosidad por el gusto y ama la filosofía por la razón”.

En términos literarios, lo que se conoce como novela libertina se extiende por Francia durante un lapso extremadamente breve, pero clave: comienza con la muerte de Luis XIV, en 1715, y concluye con la Revolución Francesa. Va de Voltaire a Casanova, aunque alcanza su apoteosis con Sade, y abarca a una gran cantidad de escritores de primera línea, casi absolutamente olvidados: Godard de Beauchamps, Claude de Crébillon, Godard d’Aucour, Voisenon, Guillard de Servigné, Fougeret de Monbron, los mencionados Laclos y d’Argens, Boufflers, Jean Francois de Bastide, Vivant Denon, Pidansat de Mairobert, Pigault-Lebrun y otros.

Su genealogía, sin embargo, debe remontarse al siglo XVI, a Italia, cuando Cardan, Paracelso y Maquiavelo releen a Epicuro y dan a la existencia humana un sentido exclusivamente terrestre, asegurando la transición entre el humanismo del Renacimiento y la filosofía de las luces. Cyrano de Bergerac, discípulo de Pierre Gassendi (quien en 1547 rehabilitará la filosofía de Epicuro) será el representante más destacado del pensamiento libertino en Francia, y el Don Juan, de Moliere, el personaje emblemático de esta actitud.

Los libertinos consideran que todo en el universo procede de la materia, que es la que impone sus leyes a través de un determinismo natural. Reniegan de la noción de un creador. Consideran que la iglesia participa de la dominación que ejercen los nobles, reinando sobre el pueblo por medio de la superstición. En tanto la monarquía francesa reposaba sobre una legitimidad divina, se entiende de inmediato el carácter de “máquina de guerra” que representarán estos escritores

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