El aprendizaje de la soledad

No hay experiencia o sentimiento más extraño que el de la soledad, el del peso y la saturación del silencio. Estar o sentirse solo puede ser un acontecimiento doloroso, triste (muchas veces lo es); también representar una conquista de la libertad. La soledad que no elegimos es la que más nos lastima: la sentimos y vivimos como abandono. Los amigos se van (o nunca llegan), los amantes pierden el interés, la familia deja de llamar, los compañeros de trabajo te miran como a un extraño, la calle, de pronto, con su movimiento, te parece ajena. Todo se ha retirado; en su lugar, el silencio y el vacío. “Muchas soledades hieren, asfixian, impiden la vida. Duelen las que se prolongan por mucho tiempo y laceran profundamente aquellas donde el abandono es una constante”, escribe Arnoldo Kraus. Si el amor es pasión, la soledad desdichada es erosión pura: nos debilita y desanima, nos aleja de aquellos que creíamos importantes para nosotros.

Aunque no deja de ser difícil y amarga, la soledad del escritor es peculiar porque descansa en una elección. El escritor desea, profundamente, escribir; es decir, estar solo. Es probable que sufra por ello, pero jamás renunciará a ese status de autonomía y libertad, a esa condición endemoniada. La literatura es hija de la soledad; los libros, hijos del silencio. Kafka lo sabía: “Tengo que estar mucho tiempo solo. Todo cuanto he realizado es sólo un logro de la soledad”. En una de sus cartas a Felice Bauer, mujer a la que amó, Kafka le escribe con toda sinceridad: “No te espera la vida de esa mujer feliz que tú ves caminar ante ti, no te espera la alegre charla, cogidos del brazo, sino una vida monacal al lado de un hombre afligido, triste, callado, descontento, enfermizo, quien –cosa que podría parecerte una locura— está atado con invisibles cadenas a la literatura, y que prorrumpe en gritos cuando uno se acerca a él, porque, según afirma, se tocan sus cadenas.” El respeto por la literatura detuvo a Kafka frente al matrimonio; el respeto y el amor por Felice, también. Un escritor sincero, convencido de su vocación, renuncia a la vida en común antes de que sea demasiado tarde, antes de que lleguen los hijos y las hipotecas, las colegiaturas y los cursos de verano.

“Escribir es defender la soledad en que se está; es una acción que sólo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable, en que, precisamente, por la lejanía de toda cosa concreta se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas” (María Zambrano). Sólo quien ha estado sumido por temporadas en el silencio puede revelarnos algo importante, imprevisto. Nadie está más solo que el que escribe. Quizás por eso son los escritores quienes más necesitados parecen estar de lo emotivo, lo sensual y lo amoroso. Tienen un pie aquí y otro allá. Están enamorados de la vida y escriben para intentar atraparla con palabras. Digamos que se aferran a lo que de más vivo tiene la vida; desean sentirla de una manera distinta. La literatura existe porque la vida [tal cual es] no basta, decía Fernando Pessoa. La palabra literaria anima y enriquece nuestra existencia ordinaria. Alguna vez Guimaraes Rosa dijo a Clarice Lispector: la leo “no por la literatura, sino por la vida”. Mejor homenaje no puede recibir un escritor. Es la prueba de que ha logrado inventar o modelar mundos alternos para él mismo y sus lectores. Y esta es la ambición soterrada del que escribe. Dylan Thomas: “Quiero construir poemas lo bastante sólidos y grandes como para que la gente pueda caminar y sentarse, comer y beber y hacer el amor en ellos.”

La soledad de un escritor, además de una elección, es un continuo aprendizaje. Debe luchar por distinguirla del abandono. La compañía de los demás, su ausencia, puede entenderse de diversas formas. A estar solo se aprende. La soledad es más una percepción personal, melancólica y luminosa, que un hecho. No se puede negar que de pronto sea triste, como los versos de Guillermo Fernández:

La soledad es cosa mía
resplandece en todo lo que amo
No hay más verdad que la acrobacia del quedarse a
solas
algún gemido en una bolsa de papel
o el discurrir de la sangre que no sabe a dónde va
Me había hecho la promesa de no volver a mi
cancioncita triste
de saciar la hora con un grano de anís
con una nube niña durmiendo en la palma de mi mano
Ahora vuelvo a casa como un criminal
Alguien me lapida implacablemente desde la sombra
Tropiezo a cada paso con la polvorienta tristeza
Nuestras cosas estásn en sus sitios hundiéndose
Toco tu mano en la llave del agua
en la cama revuelta
en el pliegue más hondo de la sábana
Si tú supieras cómo me aterra la limpidez del aire
el insomnio ese tren que nunca llega al mar
En veces me devora la rabia y me largo a las calles
husmeo en los basureros en los parques
De las carnicerías obtengo espléndidos trozos
Mis compañeros de trabajo me oyen hablar a solas
como un tonto
y en toda estas noches remastico las cucarachas de la
soledad.

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2 Responses to El aprendizaje de la soledad

  1. xururuka says:

    El que escribe, sabe perfectamente que debe tomar con las manos desnudas todas las brasas que han quedado suspendidas en el tiempo.

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