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(una imagen theTieDyeCloak)

Muchas páginas de la gran literatura (Dostoievsky, Molière, Flaubert, Balzac, Dickens…) están habitadas por asesinos, ladrones, bandoleros, estafadores, usureros, genocidas, pervertidos, manipuladores… Personajes cuya existencia en la ficción transcurre al margen de la ley o individuos cuya conducta intachable sufre, de pronto, un vuelco. “Bajo los más diversos cielos y en las épocas más heterogéneas, la literatura parece invadida por una negación del derecho y de la ley, que ella rechaza, confundiendo e identificando –de ordinario— los dos términos y las complejas realidades que ellos contienen”, escribió Claudio Magris.

¿Qué sucede cuando los ladrones y estafadores, los criminales, son los propios autores? A partir de esta pregunta, Nuria Azancot realizó el siguiente reportaje:

Imaginen la escena: un juez abrumado, la sala desbordada de curiosos y en el banquillo unos desconocidos llamados, por ejemplo, Cervantes, Jack London, Verlaine, Jean Genet, Althusser, Álvaro Mutis o Jack Kerouac… Imaginen el grosor de los expedientes, sin tener en cuenta, además, los que pudieran hacer referencia a cuestiones políticas ni sexuales. No se trata, en este caso, de censura ideológica ni de amores que no se atreven a decir su nombre. Imaginen también el miedo, la ingenuidad de algunos acusados y la maldad de tantos rivales literarios que celebran el mal ajeno. La sala se va llenando, y el juez pide silencio, mientras sube al estrado el primer acusado, primus inter pare s en todos los sentidos: Miguel de Cervantes (1547-1616), encarcelado en dos ocasiones por supuesta estafa.

Marcado por la desdicha, tras años de calamidades y nada ligero de equipaje -Lepanto, cinco años de cautiverio en Argel, un matrimonio desdichado y numerosas pendencias literarias-, en 1587 Cervantes fue designado comisario real de abastos (recaudador de especies) para la Armada Invencible. Y su suerte no cambió: en 1592, en Castro del Río fue encarcelado acusado de vender parte del trigo requisado, y en 1597, siendo recaudador de impuestos, volvió a dar con sus huesos en la trena de Sevilla durante cinco meses. ¿La causa? Simón Freire, el banquero que custodiaba lo que el escritor recaudó, quebró según unas fuentes o huyó con el dinero, según otras.

Fue entonces cuando comenzó a escribir el Quijote , en esa “cárcel donde toda incomodidad tiene su asiento”. Cervantes acabó demostrando su inocencia, algo de lo que no podía presumir, en ningún caso, François Villon, el mejor poeta francés del siglo XV. ¿Cargos? El asesinato del religioso Philippe Sermoise, un rival de amores, en 1456. Poco después participó en el hurto del Colegio de Navarra y prosiguió sus fechorías en el valle del Loira, donde fue encarcelado en 1461. Liberado meses después, volvió a París y escribió Le Testament, pero fue arrestado de nuevo en 1462 y condenado a la horca. En 1463 se le conmutó la pena por 10 años de destierro de París. Lógicamente, no se volvió a saber de él…

Si Cervantes fue acusado de desfalco y Villon y Jonson de asesinato y robo, lo de Thomas Chatterton (1752-1770) no pasó de un juego literario tan precoz como genial: con once años falsificó su primera obra maestra del medievo, la égloga Eleonure y Juga , asegurando que se trataba de un viejo manuscrito del siglo XV de un supuesto monje medieval llamado Thomas Rowley. Después vendrían poemas, baladas, biografías y dramas. Para hacer más creíble el embuste, Chatterton avejentaba el papel untándolo con ocre y restregándolo contra el piso de ladrillo, pero pronto comenzaron las sospechas de fraude y el falsario acabó envenenándose con apenas 18 años.

Verlaine, preso por amor

Dos años menos, dieciséis, tenía Arthur Rimbaud cuando fue a vivir con Paul Verlaine y su mujer, embarazada, en 1871. Los poetas huyeron a Londres y Bélgica, pero en 1873, en Bruselas, Verlaine dio fin a esta atormentada relación amorosa disparando en la muñeca a Rimbaud, y fue condenado a dos años de prisión, que cumplió en Bruselas y en Mons

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