Gretel Adorno y Walter Benjamin

A propósito de la publicación de la correspondencia entre Gretel Adorno (la mujer de Theodor) y Walter Benjamin, Revista Ñ publica un ensayo crítico, una lectura, de Beatriz Sarlo. Vale la pena entrar en esta lectura:

La lectura de una correspondencia tiene algo de anacronismo. En este volumen muchas cartas giran a lo dramático porque sabemos que se interrumpieron los proyectos de quienes las escribieron. No simplemente los que dan sentido a toda una vida, sino promesas menores de placer, que quizás habrían podido aliviar el camino. Gretel Karplus y Walter Benjamin evocan un atardecer en el Westend berlinés, un momento de extraordinaria comunicación, y creen que podrían reproducirlo si Gretel viajara a las Baleares o a París. Pequeños inconvenientes, no grandes desgracias, van aplazando ese corto viaje: unas vacaciones de Gretel con Adorno, el trabajo de ella en su negocio de guantes en Berlín, los desplazamientos de Benjamin. Los planes se posponen.

Gretel, más sedentaria que el viajero Benjamin, imagina una comunidad ideal en la que finalmente todos vivan juntos. “Hoy no sé para nada qué será de mí, adonde acabaré, pero en mi fantasía siempre imagino que tú vivirás cerca nuestro, lo que más preferiría es que lo hiciéramos realidad completamente juntos, pero no sé tu opinión ni tampoco hablé nunca sobre el tema con T (Adorno)”, escribe en octubre de 1933. Algunos acontecimientos suceden, imprevistamente, por primera vez. Se irán acostumbrando a esos imprevistos. Benjamin le escribe a Gretel: “…hoy murió Gert Wissing, a quien seguramente viste una o dos veces en mi casa. Es la primera de los que enterraremos aquí en París pero probablemente no la última… Estoy escribiendo estas líneas con su portaplumas, tan bonito, tan valioso, la reliquia de una gran historia de amor con un oficial de cámara del papa”. No hay lamento lacerante sino una predicción serena. Sin transición, en el mismo párrafo, Benjamin escribe, como al pasar, una frase suya típica. Pone en contacto un objeto valioso y una historia de amor a la que alude sin narrar; un objeto bello que tiene un pasado del que sólo deja ver el esbozo, el fragmento prometedor escondido en el secreto.

Gert era la esposa del primo de Benjamin, Egon Wissing, a quien Benjamin dirigió su última carta conocida; Egon (después de una desintoxicacion por opio) se casó con la hermana de Gretel Karplus, Lotte. Una pequeña sociedad de amigos y esposos, un grupo estrechamente unido comenzaba a ser arruinado por el exilio y la muerte. También por desconfianzas más viejas, como la que Adorno y Gretel sienten por Brecht, cuyo influjo sobre Benjamin les parece peligroso (Gretel lo llama, en una de las cartas, un hombre de “posiciones confusas”). De esas rivalidades y vigilancias estaban hechos esos grupos celosos. Tales pérdidas temía Thomas Mann cuando se resistía a abandonar Alemania. Como tantos otros, no se imaginaba lejos de esas redes de amistades públicas y secretas, de doble faz, que unían pequeños favores, colaboración y competencia.

El entrelazamiento intelectual y subjetivo es profundo. En julio de 1933, Gretel hace una pregunta que podría haber sido formulada por Benjamin (como un interrogante que se transforma en hipótesis). Se produce, como en otros tramos de esta correspondencia una continuidad de remitente a destinatario, efecto de una afinidad electiva. “Quisiera preguntarte algo en tu calidad de viejo amante de la moda, ¿Por qué al principio de la nueva temporada uno se siente tan mal en las ropas y los sombreros viejos, aunque no hayas adelgazado o engordado, ni tengas un peinado nuevo? ¿La moda nos cambia realmente como para que tengamos una nueva impresión de nosotros mismos?”.

De inmediato, como si esta pregunta benjaminiana lo acercara a su interlocutor de un modo íntimo, con la única transición de un monosílabo, Gretel agrega: “Bueno ahora quisiera felicitarte por tu cumpleaños y se me ocurre que podríamos mantener el ‘tú’ en las cartas privadas, si es que estás de acuerdo. Me hubiera gustado decir también siempre en las oficiales, pero no sé si realmente es lo que queremos. Sea como sea, a mí me encanta que haya un rastro de secreto en la correspondencia, y creo que el escondite de nuestros nombres, casi reservados para nosotros dos, es maravilloso”. Moda y secreto: Gretel y Benjamin realizan ese movimiento pendular, como si ambos temas fueran parte de una misma historia. Hoy quedamos pensando no sólo qué habría respondido Benjamin a una reflexión sobre la moda que parece haber salido de su propia cabeza, sino también qué placer experimentó en ese secreto vínculo con Gretel, libre, hasta donde fue posible, de la mirada de Adorno. “¿Qué dirá al respecto el niño de cuidado (Adorno)? ¿Y qué pasaría si quiere venir?”.

Ambas citas esbozan un modo de pensar fuera de toda obligación totalizante; son gérmenes. No podemos leerlos hoy olvidando el destino fragmentario de la obra benjaminiana, su movimiento hipotético, su fijación en la materialidad de los objetos, su interés por la moda. La historia les da un sentido inexorable a unos párrafos que decían más sin saber del todo lo que dirían en el futuro

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