La pérdida del Estado de Bienestar

En los siglos XIX y XX, al menos en gran parte de este último, el futuro de los ciudadanos europeos se pensaba en relación con el pasado, las expectativas de un mundo mejor se imaginaban a partir de una tradición ilustrada y libertaria, de una cultura que venía de la Revolución Francesa y la Declaración de los Derechos del Hombre. No obstante, a fines del siglo XX, en las décadas de los ochenta y noventa, las cosas cambiaron. Del pasado, se nos dijo, nada había que aprender. El Consenso de Washington, la idolatría del mercado, la exaltación del éxito personal y la desenfrenada y salvaje búsqueda de ganancias, se impusieron. El Estado social de derecho, poco a poco, se desmanteló; sus valores e instituciones, así como la certidumbre que otorgaban a los habitantes de las sociedades europeas, se minaron. Ya en el siglo XXI “cada vez se insiste con más vehemencia que en nuestros cálculos económicos, en nuestras prácticas políticas y en las estrategias institucionales, el pasado no tiene nada interesante que enseñarnos”, escribió el pensador Tony Judt.

En el artículo Tony Judt y la melancolía europea Ilán Semo retoma el último libro del historiador inglés, Algo va mal, en el que encuentra trazadas importantes preguntas y reflexiones. Resalta una en particular:

…esa melancolía que ha empezado a embargar a las sociedades europeas que hoy ya resienten la pérdida de la certidumbre que alguna vez les había conferido ese complejo de instituciones, valores y acuerdos que llamamos el Estado de bienestar. Esa sociedad en que las expectativas de empleo estaban relativamente aseguradas, el bienestar era ascendente y los riesgos eran calculables, ¿se ha perdido para siempre? ¿Es la nueva versión de ese capitalismo fuera de control que ha empezado a socavar el tejido social construido por los europeos desde 1945 un fenómeno irreversible?

Para Judt, el principio básico que rigió a las sociedades europeas de la segunda mitad del siglo XX –la “firme convicción de que el mercado era necesario, pero que por sí solo no podía resolver ninguno de los problemas centrales sociales”–, principio puesto radicalmente en entredicho por el Consenso de Washington, no sólo no ha caducado, sino que ha cobrado una actualidad “más radical”, una “actualidad transformada”.

Lo nuevo hacia el final del siglo XX, sostiene Judt, no fueron tanto las estrategias destinadas a hacer frente a la cuestión social, sino la emergencia de una “forma política y social” completamente nueva e inédita: la comunidad. Por primera vez aparece un orden, la Comunidad Europea y sus diversas instituciones, que es capaz de “cercar” al desempeño tradicional de lo que fue la forma del “Estado”. Desde los años 90, los estados europeos han dejado de ser el centro de la “última decisión”. Ahora deben actuar frente a otros ojos y responsabilidades que lo desbordan. Sin embargo, la apenas naciente comunidad ha sido socavada por sus propios centros financieros, ha sido puesta en hilo por la centralidad que en ella ocupan las redes financieras. Y Judt se pregunta: ¿podrá esta nueva forma política contender con el Estado para fincar una nueva forma de sociedad? Sólo si se convierte en una efectiva comunidad social, fue su respuesta.

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