Un ensayo de Juan Villoro y aforismos de Karl Kraus

El Malpensante publica, en su edición de junio, un largo ensayo de Juan Villoro en el que retrata de una manera extraordinaria a ese crítico y aforista genial que fue el austriaco Karl Kraus (1874-1936). En El arte de condenar Villoro escribe:

¡Quien tenga algo que decir, que dé un paso adelante y se calle! K. K.

Karl kraus es un mito que esconde a un escritor. Su singular manera de ejercer la literatura lo convirtió en una celebridad venerada o execrada. Consciente de jugar un papel único, escribió: “El censo de la población ha arrojado en Viena la cifra de 2.030.834 habitantes. Es decir, 2.030.833 almas y yo”.

Nacido el 28 de abril de 1874 (siete años después de la coronación de Francisco José), en la pequeña ciudad de Ji?ín (localidad checa que entonces pertenecía al imperio austrohúngaro), se trasladó a Viena con su familia, donde se convirtió en excepcional testigo de una sociedad hipócrita, un infierno cubierto de azúcar glass donde las enfermedades morales eran acalladas por los valses de Johann Strauss.

Con ayuda de los artistas, el decadentismo vienés asumía una atractiva atmósfera crepuscular: los vicios privados semejaban virtudes públicas. “Viena está siendo demolida en gran ciudad”, comentó Kraus. El progreso representaba para él una simulación. En este teatro, el público era cómplice pasivo de numerosas perversiones. Un pasaje de Dichos y contradichos se refiere a la moral del testigo: “Cuando preguntaron si sabían ‘qué cosa no está bien’, un muchachito respondió: ‘No está bien si hay alguien presente’. ¡Y el legislador adulto siempre quiere estar presente!”. La opinión pública no juzga hechos sino apariencias. Las transgresiones son el morbo del legislador.

Hijo de un próspero comerciante judío, especializado en el ramo del papel, pudo independizarse desde muy joven y pagar sus publicaciones. Aunque había colaborado con varios periódicos vieneses, a partir de 1899 creó su propia revista, Die Fackel (La Antorcha). Su resplandor alumbraría los errores de una época caracterizada por “la triple alianza de la tinta, la técnica y la sangre”.

A partir de 1911 escribió todas las colaboraciones de su revista y no apagó el fuego sino hasta 1936, año de su muerte. Para alimentar los 922 números del pequeño cuaderno rojo que encandilaba y atormentaba a Viena, redactó cerca de treinta mil páginas. La periodicidad era irregular y la extensión se adaptaba a las circunstancias (el número 888 solo constó de cuatro páginas: la oración fúnebre por la muerte del arquitecto Adolf Loos).

El diseño tipográfico reflejaba el carácter del editor: no ofrecía resquicios; las letras se sucedían unas a otras, incorporando citas que ahí cobraban otro sentido (los adversarios eran ahorcados con sus propias frases). En sus mejores momentos la revista vendió treinta mil ejemplares, pero su media fue de diez mil. Las demás publicaciones silenciaban su existencia, pero en el Café Museum, en el Griensteidl y en el Central esas palabras se contagiaban como un virus. Por lo demás, el editor se divertía escribiendo cartas con pseudónimo a los periódicos donde estaba proscrito (invariablemente burlaba a los censores).

En la contraportada de Die Fackel se anunciaban las conferencias del flamígero analista de la sociedad vienesa. Temido por escritor, era reverenciado por sus escuchas, convencidos de antemano de que tenía razón. El profeta transformaba el asunto más nimio en causa justa.

De acuerdo con Walter Benjamin, todos los intereses de Kraus tienen que ver con el campo del derecho. Era juez, testigo de cargo y verdugo: cada palabra, una sentencia

Algunos aforismos publicados por la misma revista:

No hay nada más insondable que la superficialidad de la mujer.

¡Es casi imposible confiar en una mujer que se deja sorprender en flagrante fidelidad! Hoy, fiel a ti; mañana, fiel a otro.

La mujer está involucrada en todos los asuntos de la vida. A veces, también en el amor.

La cosmética es la ciencia del cosmos de la mujer.

El fetichista es el ser más infeliz en este mundo, porque desea una zapatilla de mujer y tiene que contentarse con la mujer entera.

La mujer, a veces, es un útil sustituto del onanismo. Naturalmente, es necesario un extra de fantasía.

El escándalo comienza cuando la policía le pone fin.

La belleza se marchita porque la virtud resiste.

El cristianismo enriqueció el menú erótico con el entremés de la curiosidad, pero lo arruinó con el postre del remordimiento.

Los remordimientos son los impulsos sádicos del cristianismo. (Más aforismos aquí).

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