Perezas mentales

En un ensayo publicado por la revista El Malpensante el sociólogo Fernando Escalante Gonzalbo nos habla de cómo los clichés, las frases hechas y consignas sustituyen, hoy como ayer, la tarea creativa de pensar e investigar por cuenta propia. En los años sesenta y setenta del siglo XX el marxismo estuvo de moda entre muchos jóvenes y adultos. No era que leyeran a Marx: repetían las frases de sus comentadores. Lucha de clases, revolución, plusvalía, imperialismo, superestructura fueron conceptos que lo explicaban todo, y sin necesidad de leer. Antes que marxismo, era Vulgata. Un discurso sustentado en la pereza mental, la inercia, la repetición. “No era producto de una convicción revolucionaria”. Claro, entre activistas, académicos e intelectuales, hubo sus grandes excepciones.

Hoy ocurre lo mismo con el liberalismo económico y su discurso triunfante, arrogante. Las palabras que anegan todo tipo de ámbitos (educativo, familiar, laboral, empresarial) son: eficiencia, mercado, maximización, racionalidad, incentivos, etc. Son clichés y vaguedades similares a los que utilizaban los marxistas que no leían a Marx. “Es, como antes, un catecismo bastante vulgar […]”

Escribe Escalante Gonzalbo:

En los años sesenta y setenta del siglo pasado, en México y en buena parte del mundo estuvo de moda el marxismo. En las universidades, en los libros académicos, en la prensa, incluso en los discursos políticos se usaba normalmente un lenguaje marxista o de inspiración marxista con cualquier motivo y para cualquier cosa. Bien: no era marxismo en ningún sentido serio de la palabra, sino una Vulgata, una serie de clichés y frases hechas, consignas, unas cuantas palabras, que daban a entender todo lo demás, que no se entendía, y que tenían su inspiración explícita en Marx, sin que hiciera falta haberlo leído.

Eso, lo que aparecía como marxismo entonces, cumplía con una serie de funciones simbólicas y expresivas que iban mucho más allá de su improbable utilidad como explicación. Era un lenguaje que servía como recurso de afirmación de una identidad, como signo de distinción, como contraseña, como indicio de sofisticación intelectual, de quien no se deja engañar. El lenguaje marxista, o eso que pasaba por ser lenguaje marxista, servía para decir que uno era inteligente, muy inteligente, y avisado y descreído, astuto, desencantado, y que no se hacía ilusiones. Eso, ese marxismo, el marxismo de Marta Harnecker, para entendernos, tenía la ventaja de ofrecer explicaciones prefabricadas que quedaban de maravilla para cualquier caso sin necesidad de saber nada; la gente opinaba lo mismo sobre Israel que sobre Argentina, y tenía ideas firmísimas sobre lo que sucedía en el Congo, Vietnam o Alemania. No hacía falta meterse a investigar, no hacía falta tomarse la molestia de mirar la historia ni buscar ninguna información empírica, porque todo estaba en el modelo.

Todo lo que uno necesitaba saber estaba en las consignas. Todo estaba en las dos o tres frases que había que repetir, con exactitud ritual, para explicar cualquier cosa, en cualquier rincón del planeta: la lucha de clases, la revolución, la plusvalía, el imperialismo, la superestructura…

Seguramente sobra decirlo, pero por si acaso digamos que no era eso lo único que había en las universidades, ni era lo único que producía el marxismo. Había en el mundo marxistas brillantes, extraordinarios, como E. P. Thompson, y había en México, como en el resto del mundo, magníficos académicos, escritores, intelectuales y periodistas que no eran marxistas ni por asomo. Es verdad, sin embargo, que esa caricatura de marxismo: chata, primitiva, beligerante, superficial, formaba parte del espíritu del tiempo.

En mi opinión, no era ni radicalismo ni intransigencia. No era producto de una convicción revolucionaria. Los marxistas de entonces, en su inmensa mayoría, no habían leído a Marx. Tampoco les importaba mayormente. Aquello era pura pereza mental, inercia, en mezclas variables con falta de imaginación, ordenancismo y espíritu gregario.

El mundo ha cambiado mucho, hoy en día es difícil encontrar un marxista. Pero en el fondo, si se piensa bien, no ha cambiado nada. En la vida pública dominan la misma pereza mental, la misma inercia, la misma afición por las consignas y la misma necesidad de verdades definitivas

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