Autobiografía de Mark Twain

En 2010 se cumplieron 100 años de la muerte del escritor norteamericano Mark Twain. Para conmemorarlo, la Universidad de California publicó el volumen 1 de la Autobiografía  de Mark Twain, que pronto se convirtió en uno de los libros más vendidos. El domingo pasado La Jornada semanal nos ofreció la traducción del capítulo IX (o un fragmento) de dicho libro, y también dos textos: Mis experiencias con los doctores, del propio Mark Twain, y Twain, el humorista de hierro, de Ricardo Guzmán Wolffer.

Les comparto algo de esos trozos biográficos:

I

Ocurrió en 1849. Tenía catorce años entonces. Aún vivíamos en Hannibal, Missouri, a las orillas del Mississippi, en la nueva casa de madera construida por mi padre cinco años antes. Es decir, algunos de nosotros vivíamos en la parte nueva, el resto en la parte vieja detrás de éste –la “l”. En el otoño mi hermana dio una fiesta, e invitó a toda la gente joven y en edad de casarse del pueblo. Yo era muy joven para esa sociedad, y de todas maneras era muy tímido para juntarme con las jovencitas, por lo tanto no fui invitado –por lo menos no para la velada completa. Diez minutos serían toda mi participación. Tenía que actuar el papel de un oso en una pequeña obra de un cuento de hadas. Tenía que disfrazar todo mi cuerpo con una cosa ajustada, peluda y café, propia de un oso. Como a las diez y media me dijeron que subiera a mi habitación y me pusiera el disfraz, y que estuviera listo en media hora. Comencé, pero cambié de parecer; porque quería practicar un poco y ese cuarto era muy pequeño. Crucé hacia la gran casa desocupada en la esquina de las calles Main y Hill, sin percatarme que una docena de jóvenes también se dirigían allí para vestirse para sus papeles. Llevé conmigo al pequeño esclavo negro, Sandy, y elegimos una recámara espaciosa y vacía en el segundo piso. Entramos mientras hablábamos, lo que dio la oportunidad a un par de jovencitas a medio vestir de refugiarse detrás de una mampara sin que lo notáramos. Sus pertenencias y vestidos colgaban de unos ganchos detrás de la puerta, pero no los vi; fue Sandy quien cerró la puerta, pero todo su corazón estaba puesto en las representaciones teatrales, y era tan improbable que él notara su presencia tanto como que yo lo hiciera.

I I

La notoriedad de Olive Logan surgió de… –sólo los iniciados lo sabían. Aparentemente fue una notoriedad fabricada, no una ganada. En efecto, escribía y publicaba pequeñas cosas en diarios y periódicos poco conocidos, pero no había talento en ellos, ni nada que se le asemejara. Ni en un siglo le habrían merecido reconocimiento. Su nombre fue ciertamente forjado en artículos de periódicos puestos a circular por su marido, quien era un periodista menor que ganaba poco. Durante un año o dos este tipo de artículos fue persistente; raras veces se podía recoger un diario sin encontrarlos.

“Se dice que Olive Logan ha conseguido una cabaña en Nahant, y que pasará el verano ahí.”
“Con rigidez, Olive Logan se ha decidido en contra de utilizar la falda corta para el atuendo vespertino.”

“El reporte de que Olive Logan pasará el invierno que viene en París es prematuro. Todavía no lo decide.”

“Olive Logan estuvo presente en Wallack’s la noche del sábado, y fue sincera en su aprobación de la nueva obra.”

“Hasta ahora Olive Logan se ha recuperado de su alarmante enfermedad, por lo cual, si continúa mejorando, sus médicos dejarán de emitir comunicados mañana.”

El resultado de esta propaganda cotidiana fue curioso. El nombre de Olive Logan era tan familiar para un público simple como lo era el de cualquier celebridad del momento, y la gente hablaba con interés sobre sus actividades y movimientos, y discutían sobre su opinión con seriedad. De vez en cuando un ignorante de algún lugar rural y remoto procedía a informarse y entonces había sorpresas reservadas para los interesados:

“¿Quién es Olive Logan?”

Los oyentes quedaron atónitos al enterarse de que no podían responder a la pregunta. Nunca se les había ocurrido preguntar sobre el tema.

“¿Qué ha hecho?”

Los oyentes quedaron mudos de nuevo. No sabían. No habían preguntado.

“¿Bueno, entonces por qué es tan famosa?

“Se trata de algo, no sé qué. Nunca pregunté, pero supuse que todo el mundo sabía.”

Por diversión yo mismo hacía la pregunta a gente que hablaba superficialmente de aquella celebridad y de sus actividades y dichos. Los encuestados estaban sorprendidos de saber que basaban esta fama enteramente en la confianza, y no tenían idea de quién era Olive Logan o qué había hecho –en todo caso.

Con la fuerza de esta notoriedad creada de manera peculiar, Olive Logan se subió al tablado, y por lo menos durante dos temporadas Estados Unidos acudió a los salones de conferencias para verla. Era meramente un nombre y unas ropas ricas y costosas, y ninguna de estas propiedades tenía alguna cualidad que perdurara, aunque por algún tiempo le valieron una cuota de 100 dolares por noche. Fue desechada de la memoria de la gente hace un cuarto de siglo.

Ralph Keeler fue una compañía grata en mis conferencias fuera de Boston, y tuvimos bastantes charlas y humo en nuestras habitaciones luego de que el comité nos acompañara a la posada y nos hubiera dado las buenas noches. Siempre había un comité y portaban una insignia de cargo de seda; nos recibían en la estación y nos llevaban al salón de conferencias; se sentaban en una hilera de sillas detrás de mí en el tablado, como si fueran juglares, y en los primeros días su jefe solía presentarme al público; pero estas presentaciones eran tan terriblemente halagadoras que me hacían sentir avergonzado, por lo que empezaba mi disertación con una pesada desventaja. Era una costumbre estúpida; no había momento para presentaciones; el presentador casi siempre era un idiota y su discurso preparado un revoltijo de cumplidos vulgares y lamentables intentos por ser gracioso; por lo tanto, después de la primera temporada siempre me presentaba yo mismo –efectuando, por supuesto, un acto burlesco del lugar común de las presentaciones. Este cambio no le agradó al director del comité. Pararse grandiosamente ante un público de sus conciudadanos y recitar su discurso breve y diabólico era la alegría de su vida, y que le arrebataran esa alegría era más de lo que podía soportar

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