El parque de Facebook

En el ensayo Crítica y teoría de Facebook: las tecnologías de la amistad, publicado por Revista Ñ, Laura Isola entra en el mundo de esa red social para conocer sus reglas y la manera en que éstas modelan la amistad y la comunicación entre los usuarios, cuando que cada vez más se desvanece aquello que en otros tiempos fue importante: la frontera entre lo público y lo privado, el respeto a la soledad y el silencio de los otros.

Recojo algunos párrafos del texto:

No hace falta leer los contratos de términos de uso de la red social Facebook para saber que cedemos la propiedad exclusiva y perpetua de toda la información que allí subimos, que dar de baja una cuenta es un trámite largo y que en caso de muerte, la cuenta se mantiene “activa bajo un estado memorial especial por un período determinado por nosotros para permitir a otros usuarios publicar y ver comentarios”. Tenemos la promesa de que no van a usar nuestros perfiles fuera del sistema y que recibiremos condolencias desde el más allá tal como nos asegura esta cláusula. La cosa es que la paranoia mueve al mundo pero para ser usuario de Facebook hay que bajarle los decibeles. Porque con la intención de ser Sophie Calle por un rato, en la versión culta o una vecina en batón desesperada por los últimos chismes, en la más barrial, me metí en tantos perfiles como mi cuenta y las de mis “amigos” me permitieron.

En “Normas para el parque humano, una respuesta a la Carta sobre el Humanismo”, la famosa conferencia que Peter Sloterdijk dio a modo de respuesta al conocido texto de Heidegger, se explica que el componente bestial de la naturaleza humana quiso ser neutralizado por el humanismo clásico a través de la lectura. Pero menos con un proyecto alfabetizador que como un masivo envío de cartas: extensas misivas dirigidas a los amigos. Lo que el filósofo define como una sociedad amansada de lectoamigos: “Así pues, el fantasma comunitario que está en la base de todo humanismo podría remontarse al modelo de una sociedad literaria cuyos miembros descubren por medio de lecturas canónicas su común devoción hacia los remitentes que les inspiran”. El modelo amigable de la sociedad literaria, producto de ese humanismo, según Sloterdijk, encontró su fin que no coincide, por supuesto, con el fin del mundo. Se trata de que el “contra qué” del humanismo, de rescatar al hombre de la barbarie y domesticarlo, pierde su sentido en la coexistencia de las actuales sociedades.

Pero, aun en estos tiempos post literarios que tienen nuevos fundamentos aparecen palabras que recuerdan y entran en consonancia con ese proyecto: “amigos”, “mensajes”. Al tiempo que la red social diseña un modelo de conducta a seguir, hay normas que cumplir en el parque de Facebook y ya desde la entrada se van modelando las relaciones.

Me costó un poco distinguir aquellas prácticas propias de una red social. Mejor dicho, en apariencia, Facebook reproduce instancias de la vida misma: se discute, se escucha música, se comentan las noticias. Es un poco un centro comunitario para los que necesitan, ofrecen y piden cosas y también un lugar de solos y solas en los que se conoce gente. Los participantes escriben qué comieron, qué película vieron y la comentan, si se rompieron un brazo, si parió la gata o el hijo cantó en el acto patrio. Mucho de exhibicionismo con algo de histeria y de desesperación socializadora. Pasa de los mensajes parroquiales y la bolsa de trabajo al peep show. Ojo, siempre con las pilchas puestas.

En ese más de lo mismo, aunque con la debida distancia entre lo real y lo virtual, descubrí que el “etiquetado”, una posibilidad que brinda el sistema de establecer conexiones entre personas escribiendo su nombre en una foto, por ejemplo, era de lo más molesto. Esa compulsión por hacernos parte del perfil de otros o porque uno aparece en una foto que salió horrible es el intercambio más resistido por los comunitarios.

En ese sentido, pude distinguir dos elecciones frente a hacerse amigos: los que quieren batir el récord y explorar los límites del espacio virtual y los que reproducen una sociabilidad parecida a la que tienen en su propia vida. Un Boca River de Facebook que también trae sus consecuencias en las relaciones. “Me molestan los que tienen 2.000 amigos y postean mensajes para uno o unos pocos. Para eso comunicate por mensaje privado. Que no lo vea el resto. No entiendo esos juegos. También me molesta que me etiqueten”, me manda un mensaje privado Dany Barreto para responderme sobre qué no le gusta de esta red. A su vez, los que tienen muchísimos amigos no toleran ser etiquetados tantas veces y recibir las notificaciones por cada evento. Daniel Molina se queja del otro lado y pide que la gente se comporte educadamente y con un voto de confianza deja su perfil abierto a que todos puedan verlo

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