Sobre el diálogo

Jesús Silva-Herzog Márquez destaca en su columna de hoy la voluntad argumentativa que mostró el presidente Felipe Calderón el jueves pasado en el diálogo que se realizó en el Castillo de Chapultepec. Para el politólogo el intercambio de ideas sí puede llegar a transformar el espacio político. Lo que yo lamento es que en el texto no se hable de la voluntad de diálogo de Javier Sicilia, quien hizo posible también el encuentro. Escribe Jesús:

La conquista del diálogo no es el acuerdo, sino el reconocimiento. Cada uno reconoce el derecho del otro a hablar. El diálogo exige atención, no acuerdo. De la conversación no nace necesariamente el entendimiento. El acuerdo es apenas una posibilidad del diálogo. Los dialogantes pueden salir del encuentro con las mismas ideas con las que llegaron. El prejuicio puede, incluso, reforzarse tras el cruce de las recriminaciones. Por eso hay que tener claro que el diálogo no es la mágica solución. Pero el intercambio de palabras—sobre todo cuando éstas resuenan en público—sí es capaz de transformar de forma importante el espacio político. Convertido en una especie de ceremonia constitutiva de la democracia, logra ser la mejor escenificación de la diversidad y de la razón. El diálogo es la muestra visible del pluralismo razonante. Reconocimiento de que hay distintas percepciones, distintos argumentos, distintas percepciones y propuestas. El diálogo no es un torneo de fuerza, ni siquiera de esa fuerza simbólica que es el agregado de votos, sino, por el contrario, celebración de la idea y la razón, de la elocuencia y la sensibilidad.

El diálogo reciente en el Castillo de Chapultepec fue un evento insólito. Tras una marcha que fue recogiendo los testimonios más desgarradores del dolor mexicano, el presidente de la república se dispuso a escuchar los reclamos y se empeñó en convencer a sus oyentes. Sabia perfectamente que sus interlocutores no se reunían para elogiarlo. Sabía que los cuestionamientos que escucharía no serían marginales sino que iban al corazón de su gobierno. Sabiendo todo ésto, acudió a la cita. Algo importante ha sucedido en México, cuando vemos al presidente recibir el embate de críticas severas y llamados urgentes a cambiar la estrategia central de su gobierno. El fenómeno se explica, como han resaltado algunos, por el cambio de régimen. Hubo un régimen político que, en su peor momento, respondió con balas al llamado del diálogo. Éste escucha y habla. Pero la ceremonia del jueves no se entiende solamente por la transformación histórica del sistema político. Debe reconocerse el papel del presidente, su experiencia y su talante para apreciar esta oxigenación de la vida pública a través del diálogo. Ni el antecesor de Calderón ni quien estuvo a punto de ocupar su puesto en 2006 hubieran podido encarar la quemante inconformidad, el reclamo rabioso o la exigencia serena y honda de pedir perdón

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