100 años de Czeslaw Milosz

(En la imagen: Wislawa Szymborska y Milosz, en los 70)

El crítico Santiago Martín Bermúdez nos recuerda por qué debemos leer y evocar los libros del poeta Czeslaw Milosz (1911-2004), quien el próximo 30 de junio hubiera cumplido 100 años. Va un fragmento del texto publicado por El Cultural:

Czeslaw Milosz (1911-2004) fue sobre todo poeta. Poeta polaco que se reclamaba lituano (“los últimos paganos de Europa”, cuenta) y que nació en la Lituania del Imperio zarista. Las independencias de 1918 eliminarían la precaria unión de antaño entre ambos territorios (no naciones, advierte el poeta), levantarían fronteras antinaturales, amargarían la vida de las élites y de las masas en el periodo de entreguerras y llevarían, con la catástrofe de 1939-1945, al extrañamiento total de lituanos y polacos. “Se comprende mal desde el exterior -leemos en Otra Europa– la intensidad de los odios nacionales en la Europa del Este. Cuanto más tardíamente se despertó el nacionalismo, tanto más intentó afianzarse con pasión en los tiempos semilegendarios”. El destino es la desdicha y la melancolía, ya que la pureza racial o cultural es un imposible.

Los poetas tienen un idioma, mientras que los narradores admiten la traducción. Leemos la prosa de Milosz más que su lírica. Leer poesía traducida es un consuelo, apenas un simulacro, siempre una frustración, en especial de idiomas tan lejanos como el de Milosz, o el de Ajmátova y Tsvietáieva. Sabemos que perdemos algo muy importante, y nos resignamos a leer antologías como los Poemas de Milosz en edición de Barbara Stawicka (Tusquets), que incluye el discurso de recepción del Premio Nobel: “Es posible que no haya más memoria que la de las heridas”, dice en él. Esos países sufrieron demasiado, y al comprobar el sufrimiento más que centenario de Polonia nos avergüenza quejarnos de nuestro pasado nacional. Nadie trató de exterminarnos por completo.

Un fragmento poético de Milosz: “¿Qué clase de poesía es esa que no salva / a las naciones y a los pueblos? / Una trama de falsedades oficiales, / Una cancioncilla de borrachos a los que pronto les cortarán el cuello, / Una conferencia para damiselas. / Anhelar la buena poesía, sin comprenderla, / Descubrir, bastante tarde, su enérgico designio. / En ella, sólo en ella encuentro la salvación” (1945). Leemos la prosa de Milosz con apasionamiento, porque describe un mundo que ya no existe (El Valle del Issa, Tusquets), o cómo se inocula el virus del totalitarismo y la dominación exterior hasta asumirla como destino propio (El pensamiento cautivo, Tusquets). También cuenta la destrucción de Varsovia y de todos sus habitantes por el ejército nazi en el verano de 1944, mientras el ejército rojo lo contempla al otro lado del Vístula, cruzado de brazos: les están haciendo el trabajo sucio, no tienen que molestarse ellos mismos en destruir la resistencia no comunista (El poder cambia de manos, Destino). En este relato tal vez impugna a su viejo amigo Andrzejewski por su novela Cenizas y diamantes

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