Un retrato de Javier Sicilia

(Fotografía de Ramiro Chaves)

La revista Gatopardo publicó un extenso y bien documentado perfil del poeta, ahora activista, Javier Sicilia. Con pluma inteligente y clara, Emiliano Ruiz Parra va dibujando un retrato preciso del escritor cuyo liderazgo político emergió a partir del asesinato de su hijo. Aunque lo vive y lo siente como una penitencia, Sicilia encarna la voz de una sociedad civil dolida y desamparada, una voz que de repente logró nombrar a los 40 mil muertos de esta guerra. En alguna parte del texto La voz de la tribu podemos leer:

Un boceto
Siempre se viste igual: botas de motociclista, pantalones de mezclilla gastados, playera de algodón, camisa de cuadros que ocasionalmente cambia por una rayada. A pesar de los calores de Cuernavaca, carga con una chamarra café de borrega —que le regaló su hijo Juan Francisco— y de vez en cuando se cubre con un chaleco beige de pescador. En sus bolsillos no falta uno o dos paquetes de Delicados con filtro. Antes del asesinato de su hijo estaba por dejar de fumar: ya había conseguido reducirlo a ocho cigarrillos diarios y se aprestaba a seguir el método Pfizer, pero desde la tragedia ha vuelto a vaciar cajetillas con premura.

El amor por la poesía y el Evangelio los aprendió de su padre Óscar Sicilia, que dejó trunca la carrera de Derecho, poeta que no escribía sino declamaba sus versos y que le enseñó también la caridad: los fines de semana iba a los hospitales a confortar desahuciados y Javier lo acompañaba en esas faenas de amor, dolor y muerte. De él escribió: “Mi padre me heredó una fortuna: Cristo, el humor y la poesía”. Vendedor de playeras, un empresario le prestó dinero y ambos establecieron una maquiladora textil con la que le dio a sus hijos una vida de clase media. Javier fue el segundo de cinco hermanos —dos han muerto ya— que crecieron en la calle Cerro del Cubilete en la Campestre Churubusco. El apellido Sicilia lo rastrearon hasta el siglo XVII en las Islas Canarias; el Zardain viene de Galicia. Su abuelo materno fue cafetalero en Córdoba y su madre, hoy de ochenta y dos años, terminó la carrera de Químico Fármaco Bióloga aunque se retiró a la vida familiar.

A los quince años, Sicilia recibió de su papá una edición bilingüe de Las flores del mal. “Léelo y ámalo, porque yo lo tuve que leer a escondidas”, le dijo. Estudió la preparatoria en el Instituto de Humanidades y Ciencias (Inhumyc), un colegio de los Misioneros del Espíritu Santo, en donde conoció dos amigos que galvanizarían su vocación: los poetas Fabio Morábito y Tomás Calvillo, con quienes fundaría revistas y gozaría tardes de tertulia literaria.

Cuando entró a la preparatoria le apodaban el Fantasma porque aparecía y desaparecía de repente. Era tímido e introvertido, apartado. Pero pronto se volvió entrón e incluso se probó como actor amateur. Ahora su carácter es transparente e impulsivo, dulce y hospitalario, no exento de exabruptos cuando se inconforma. Su habla cotidiana está salpicada de cabrones, pinches y chingados.

“Ama el futbol y el dominó como sólo una quinceañera puede amar a su novio”, ha escrito de sí mismo. Jugó la posición de defensa central —la misma, piensa, que hubiera jugado Jesús de haber existido el soccer en Galilea— hasta que se rompió la rodilla en un partido con Juan Francisco, su hijo, y los amigos de éste. Su rodillera mecánica terminó por legarla a su hijo, brillante armador de las fuerzas básicas del América que tuvo que retirarse tempranamente por lesión de meniscos.

De joven fue vegetariano hasta la anemia y se dejó el cabello largo, que se recogía en cola de caballo o en una trenza. No es abstemio, pero no pasa de una cerveza o una copa de vino: prefiere el café exprés. Ama el sol, pero tiene una alergia vampírica, y en cuanto sale a la luz lanza una retahíla de estornudos.

De su padre heredó el amor por García Lorca, Machado, Nervo y López Velarde. Las lenguas extranjeras se le dificultan (era “un redomado burro para el francés y su pronunciación era muy chistosa”, recuerda Fabio Morábito) pero se matriculó en Letras Francesas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, en donde lo deslumbró Saint-John Perse, a quien quiso imitar en sus primeros poemas, ambientados en Córdoba y Veracruz. Pero después el redescubrimiento de San Juan de la Cruz le daría el tema definitivo en su obra poética: el misterio de Dios en el alma. Sus primeros poemas —liras encabalgadas— saben a reescrituras del Cántico espiritual. A su canon se agregan Paul Celan, Iosif Brodsky, T. S. Eliot, Ezra Pound, George Bernanos y Graham Greene.

De la burocracia cultural obtuvo su subsistencia varios años: fue editor de la colección Material de Lectura de la UNAM y durante una década fue redactor en el Instituto Mexicano de Tecnología del Agua (IMTA), donde traducía a un lenguaje accesible la prosa técnica de los ingenieros. De la ineficiencia burocrática rescató la posibilidad de robar algunas horas al día para su trabajo literario: “Yo seguía la regla de Alfonso Reyes, que vivió de la burocracia: ‘El trabajo burocrático hay que hacerlo rápido y mal’. Uno no puede recomponer la burocracia, por eso hay que refundar este país”

La revista colgó en Youtube el detrás de cámaras con Javier Sicilia:

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