Librerías Gandhi

En sus 40 años de existencia, Librerías Gandhi debería realizar una autocrítica, plantea Sergio Téllez-Pon. Su experiencia es la misma para muchos de nosotros: cada vez es más raro encontrar buenos libros en cualesquiera de las sucursales de esta cadena de librerías; lo que uno encuentra, hasta el atropello, son novedades y libros de contagio efímero; libros que también pueden comprarse en Sanborns o en la papelería que algunos llaman Librería Gonvill. Va la reflexión de Téllez-Pon:

Librerías Gandhi cumple este junio 40 años de existencia. Hoy en día es, tal vez, la cadena de librerías más importante del país. El pequeño local que atendía un hombre, Mauricio Achar, en la avenida Miguel Ángel de Quevedo en los años setenta, ha crecido hasta tener varias sucursales que en la actualidad se encuentran a lo largo del país, todas con el mismo aire ascéptico de un hotel o un aeropuerto. Uno pensaría que las librerías deberían ser lugares donde uno se siente cómodo, un refugio al que no llega el mundanal ruido, y no estos grandes espacios blancuzcos que de inmediato recuerdan un centro comercial.

El anfitrión es la clave de esa comodidad. Por lo que se cuenta de él, a lo largo de los años Achar desarrolló su veta para el oficio de librero: un oficio gracias al cual el cliente se siente cobijado entre los pasillos del lugar y puede demorarse para elegir el libro adecuado. De ese discreto acercamiento del librero para sugerir u opinar, se ha pasado al asalto del dependiente agazapado para ofrecer su ayuda en cualquier cosa –auxiliado de una computadora, claro- en pos del porcentaje de venta que le corresponde. Por lo regular, son jóvenes empleados mientras estudian y con poco interés de continuar el oficio de librero.

Hace unos años, alguien del FCE me dijo que Gandhi no era la librería que todos creíamos, que los descuentos en realidad no eran tales pues los precios estaban maquillados, un simple gancho para atraer más clientes. En esos años se rumoraba que, con la muerte de Achar, Slim compró Gandhi, al tiempo que despuntaba su atractiva e ingeniosa campaña por la lectura. Por otra parte, no es secreto que varios distribuidores de libros se quejan de la presión a que son sometidos por los compradores de Gandhi para darle mayor porcentaje con el que la librería puede ofrecer, a su vez, un mayor descuento, algo que ya no se puede hacer con la reciente ley del precio único al libro. En mi papel de simple lector-cliente no he tenido que lidiar directamente con estos problemas. Además de padecer el ascetismo del lugar, me enfrento a otros

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