Nadia Villafuerte en Luvina

Anoche me leí de un tirón el espléndido, sórdido y misterioso relato Las fotografías de Bardem, de la narradora chiapaneca Nadia Villafuerte, publicado en el número 63 de la revista Luvina. Se los recomiendo y comparto unos párrafos para que se animen a leerlo:

Genaro es un nombre que nunca pronuncio para él. Genaro era digno de un albañil, con un nombre así no habría podido quererlo; en cambio Glenda es otra cosa: tan rara esa mujer, con sus hombros anchos y su cara masculina. Para mí es simplemente ella, que a veces se me queda viendo con su ternura paterna inflamada de rabia, o flota en el living con su mejilla azulada y sin afeitar. Está además el sentimiento de gratitud.

La noche en que Glenda llega por detrás, me asusto. Primero es dolor, después una sordera tenue; me dan ganas de voltear y ver la teatralidad decorativa del cabello largo de la peluca enmarcando su rostro, pero me concentro en los filos de luz que iluminan la pared. Se trata de complacerla. De hacerla feliz. Ella acepta mi amor servil en el calor húmedo de mi cuarto. Luego de cierto tiempo comienza a rechazarme. Se obsesiona con la limpieza y el orden. Le preocupa, sobre todo, el baño. Hace gestos cuando me acerco. Algo quiere decirme. Pero no se atreve.

Al principio, cuando descubro las visitas del joven de la farmacia, siento un punzón en el estómago. Desplazada otra vez. Los escucho lejanamente, mientras intento conciliar un sueño que no llega. Me asquea la idea de que se calienten y se babeen la piel y se rían de mí, que sea el muchacho idiota a quien prefiera, claro, porque quizá otorga cierta resistencia que yo no soy capaz de ofrecer. Quiero recobrar mi lugar pero recuerdo que nunca he tenido uno. Soy incapaz de infligir un mínimo daño, el que sea, con tal de arruinarles la tarde. Lo único que me queda es ensuciar la taza. Hago lodo en el fregadero y percudo la loseta. Sé que las manchas de lodo no tardarán en ser eliminadas por mí, pero me gusta que Glenda entre a orinar, una vez que despida al rubiecito estúpido, y descubra en el piso mis huellas, o en la taza restos de mi pésima digestión.

No sé por qué le molesta tanto la mugre. Yo, que crecí entre la porquería, no puedo distinguirla de la pulcritud. Limpiar es maquillar a la inversa. Quitas polvo, lodo, restos de imperfecciones, pelos estancados en los tubos de drenaje, sólo para que los objetos disimulen que serán deshonrados de nuevo: deshonrados, ella y su pudorosa palabra. En cambio sé que hay una naturaleza viva en el sudor, el olor a glándulas excitadas y cansancio impregnado en la ropa, el papel higiénico y sus secreciones, el sarro invadiendo la cocina.

Glenda me humilla cada que puede. No consigo saber por qué razón la he enojado tanto, qué se quebró en algún instante y arruinó los demás días. «¡Ya transpiras! Es decir: ¡Apestas!». No consigue echarme aunque lo insinúa. No abro la boca. La mía es una violenta calma. No tendría por qué quejarme. El trato al fin de cuentas lo hice yo. Aprieto los dientes. No tengo razones para rebelarme

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