Gente aburrida y conectada

Creo que tiene razón Enrique Serna cuando afirma que “el ideal de vida del hombre contemporáneo consiste en aprovechar todas las posibilidades comunicativas a su alcance para escapar de sí mismo.” El no saber estar solas siempre ha sido una deficiencia de muchísimas personas (no saben qué hacer con ellas mismas); pero ahora el problema se ha agravado con las nuevas tecnologías. Quienes detestan la soledad y la introspección, quienes evitan confrontarse consigo mismos porque saben que será amargura lo que encontrarán, necesitan estar conectados y acompañados permanentemente. Su estatus inamovible es online. No tienen nada que decir: ¡pero lo dicen! Nos bombardean con mensajes de texto, con notitas en el muro del Facebook, con llamadas impertinentes a toda hora. No les interesa la comunicación, ni siquiera desean verte la cara: sólo quieren hacerte saber que están allí, presentes, aburridas, disponibles. “Como si compartir el hastío fuera una gentiliza –dice Serna—, millones de seres utilizan el internet y el celular para no decirse nada varias veces al día: ‘¿Qué onda, güey? Pos acá nomás, güey ¿y tú qué haces? Pus nada, güey’”. Lo superfluo, lo frívolo, se impone sobre el diálogo y la comunicación. En medio de una tertulia casi siempre hay un Blackberry que nos separa y, paradójicamente, nos incomunica.

Escribe Serna:

La mayoría de la gente odia estar a solas con sus pensamientos, quizá porque muy pocos salen bien parados de esas confrontaciones. Para evitarlas necesitan estar acompañados a todas horas y emplear el lenguaje como un antidepresivo que solo tiene eficacia cuando la vaguedad prevalece sobre la comunicación. Las charlas de familia, en las que nadie escucha a los demás, son la expresión más depurada de este falso contacto que mitiga la sensación de aislamiento, sin permitir el trato de persona a persona. Solo entre individuos que se han perdido completamente el respeto la palabra puede ser un ruido inocuo o un zumbido apaciguador. Quien escuche con atención las charlas telefónicas de los extraños en la calle, en el autobús o en el restaurante (nadie está a salvo del espionaje involuntario, pues la mayoría de la gente grita en el celular) podrá evaluar los daños psicológicos y sociales causados por el síndrome de la comunicación superflua. Como si compartir el hastío fuera una gentileza, millones de seres utilizan el internet y el celular para no decirse nada varias veces al día: “Qué onda, güey? Pos acá nomás, güey ¿y tú qué haces? Pus nada, güey.” Gran parte de las llamadas o mensajes de texto que la gente aburrida intercambia a diario solo sirven para ahuyentar al fantasma de la soledad y la introspección. Si fueran sinceros le dirían a su interlocutor: “No quiero hablar contigo, solo vegetar en voz alta.”

El espíritu gregario se robustece con cada nuevo avance tecnológico, pues ahora los individuos descontentos de serlo pueden integrarse al verdadero núcleo de su existencia, el corrillo de ociosos, en cualquier momento y lugar. Quien no disponga de cinco o seis amigos dispuestos a parlotear en un chat es un pobre diablo arrinconado en el limbo. ¡Guau, no tienes ningún mensaje en tu bandeja de entrada!, me compadece el Hotmail cuando acabo de vaciar mi correo. Si no corriges pronto esa anomalía te volverás un ermitaño apestado, insinúa entre líneas.

Hasta hace poco, la avidez por pertenecer a un grupo era un rasgo típico de la adolescencia. La novedad es que ahora también los adultos la hemos contraído. Se empieza revisando el correo electrónico dos veces a la semana, luego a diario, después cada tres o cuatro horas y acabamos convirtiendo la pantalla de la computadora en una prótesis del alma. Llegado a ese punto, el cibernauta crónico se engancha con facilidad al Facebook o al Twitter, como un macizo que salta de la mariguana a las drogas duras, sin advertir que está cayendo en una segunda adolescencia, más dependiente y bochornosa que la primera. Por lo menos la palomilla del barrio tenía una existencia concreta: ahora rige nuestras vidas una voluble asamblea de espectros

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2 Responses to Gente aburrida y conectada

  1. zeuxis says:

    super!!!! toda la verdad! mil aplausos Serna y a vos por compartirlo

  2. Irad says:

    Gracias por la visita y por el disfrute del artículo de Serna, siempre irónico e incisivo.

    Saludos!

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