Monsiváis y sus gatos

El 19 de junio de 2010, a las dos de la tarde, murió el prolífico escritor Carlos Monsiváis. Había entrado al hospital el 2 de abril de ese año con una tos terrible. Antes, se le había detectado fibrosis pulmonar y, como consecuencia, prohibido convivir con sus 12 gatos, que invadían y se orinaban en todo: el escritorio, los libros, las revistas y periódicos, la cama del escritor, el saco de Carlos Slim, etc. Su amor a los gatos adquirió “dimensiones patológicas”, admite Marta Lamas, quien fue su gran amiga y compañera de batalla en las luchas feministas. Carlos Monsiváis era esclavo de sus gatos: se sometía a sus caprichos y toleraba sus imprudencias y travesuras. Jamás los regañaba por que el “psicólogo de gatos dice que eso no les hace bien”. Ninguno de sus amigos conoció al famoso psicólogo de gatos; se trataba seguramente de una divertida invención del ensayista. “Intelectuales, activistas, amigos, empresarios, políticos o periodistas debían aceptar el taladrante olor a amoniaco de la orina de gato y lidiar con el pelo que se apoderaba de los sillones del escritor, de su mesa de trabajo, de la cama, de las sábanas y de las hojas de los 20 mil libros de su colección.”

Aun cuando todos sabíamos que a lo largo de su vida estuvo rodeado, invadido, de gatos, la revista emeequis nos cuenta, en un estupendo reportaje de Vanessa Job, lo que ocurría en el interior de su casa, donde mandaban, en verdad lo hacían, sus pequeños felinos. Pobre de aquel que en casa de Monsi maltratara o le hablara fuerte a uno de sus gatos: debía irse de inmediato.

Les comparto un fragmento del texto:

Cuando Carlos Monsiváis empezó a enfermar, el doctor, además de ratificar un preocupante diagnóstico –fibrosis pulmonar–, prohibió las escenas habituales de la casa: que los gatos se sentaran en el regazo de Carlos, que treparan entre los libros y los libreros, que descansaran en el escritorio y durmieran en la cama del escritor; es decir, que vagabundearan junto a él por todos lados.

Así que ante el ultimátum médico, Monsiváis accedió a mudarse parcialmente a una casa rentada en Cuernavaca. Sin embargo, no estaba dispuesto a alejarse por completo ni de los gatos ni de sus libros, y solía regresar al que siempre fue su hogar a trabajar en nuevos textos.

Allí, en la colonia Portales, la consigna era tajante: nada de gatos en la recámara. “Carlos los extrañaba mucho”, cuenta Marta Lamas, la reconocida feminista que gozó de su amistad cercana.

Los gatos también resentían la ausencia del ensayista, sobre todo Miau Tze Tung, un animal joven con la energía de una bomba nuclear que aprendió a brincar por la ventana del baño para entrar a ver al enfermo, atado ya a un tanque de oxígeno.

La tos no lo dejaba respirar bien. Monsiváis ingresó el 2 de abril de 2010 a un hospital en la Ciudad de México para recibir los cuidados necesarios. Permaneció allí por más de dos meses.

En público, en la pantalla de televisión o en la presentación de alguno de sus libros, Carlos Monsiváis era un imán al que todos se acercaban deslumbrados por su talento e ingenio, pero en su hogar era distinto: se convertía en esclavo de los 12 gatos que allí reinaban. Era miembro de la manada, el gato sabio quizá, pero no el amo.

En su casa de San Simón 58, en la Portales, al sur del DF, “Monsi”, como le llamaban sus amigos, permitía que los gatos le desgarraran los suéteres, rompieran cuanto estaba a su alcance y se orinaran en sus libros. Al fin y al cabo, él era un poco como ellos: ojos pesados, aspecto desaliñado, huía de las personas que lo cansaban y era un ávido devorador de pescado.

“Él se sentía un gatote –dice Jesús Ramírez, periodista y amigo con quien trabajó muy cerca en La Jornada–. Por eso no dejaba que nadie los regañara”. No extraña, pues, que considerara que los gatos eran mejor compañía que las personas.

Cuando algún gato moría, ya fuera por achaques o de viejo, Monsiváis lo enterraba en el jardín de la casa y se entristecía tanto que se eclaraba en luto y suspendía sus actividades hasta reponerse.

Un desaire a cualquiera de los 30 gatos que lo acompañaron en diferentes etapas de su vida equivalía a ser expulsado de la casa. A más de uno le tocó ser invitado a irse sólo por haberlos empujado para poder sentarse en la cama.

Los amigos de Monsi sabían de esta idolatría del escritor hacia sus mascotas y tenían claro que si querían estar cerca debían someterse a los caprichos de los felinos que convivieron con él.

Intelectuales, activistas, amigos, empresarios, políticos o periodistas debían aceptar el taladrante olor a amoniaco de la orina de gato y lidiar con el pelo que se apoderaba de los sillones del escritor, de su mesa de trabajo, de la cama, de las sábanas y de las hojas de los 20 mil libros de su colección.

Todo con tal de convivir con Monsiváis, ese hombre de melena despoblada, revuelta y cana, poseedor una habilidad mental extraordinaria: podía mirar un texto y memorizarlo en instantes; retener hechos insólitos, nombres, fechas, títulos, como si fuera un disco duro con capacidad de almacenaje siempre en expansión. Un poder que era directamente proporcional a su ineptitud para manejar una computadora o enviar un correo electrónico.

Sus crónicas, ensayos, notas y libros los redactaba a mano, en letra cursiva, para que luego uno de sus asistentes se encargara de transcribirlos en el ordenador.

Juan Carlos Bedolla Rivera, uno de ellos, recuerda: “En las tardes le gustaba poner música mientras escribía y yo pasaba sus textos a la computadora. Tenía cientos de archivos que ordenábamos por autores o temas en las carpetas: Octavio Paz, Quijote, Poniatowska, Neruda, política, izquierda, derecha”…


Algunos nombres de sus gatos:

• Mito Genial
• Recóndita Armonía
• Monja Beligerante
• Ansia de Militancia
• Fobia
• Eva Siva
• Fetiche de Peluche
• Fray Gatolomé de las
Bardas
• Siniestro Chocorrol
• Miau Tze Tung
• Monja Desmecatada
• Carmelita Romero
Rubio de Díaz
(viuda de
Porfirio Díaz)
• Miss Oginia
• Miss Antropía
• Catástrofe
• Pío Nonoalco
• Nana Nina Ricci
• Posmoderna
• Caso Omiso
• Zulema Maraima
• Voto de Castidad
• Catzinger
• Peligro para México
• Copelas o Maullas
• Rosa Luz Emburgo
• Ale Vosía
• Lalito Montemayor
• Victoria Sobre
el Fraude

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5 Responses to Monsiváis y sus gatos

  1. Juliana says:

    Simplemente amé esta entrada. Gracias por compartirla😀

  2. kenosud says:

    Muuy interesante, me gusto!
    Saludos!

  3. Irad says:

    Saludos también!

  4. Eunice Barrera says:

    Su legado es invaluable pero conocer su intimidad es quererlo y admirarlo un poco más, yo comprendo esa patología que desarrolló, hay que convivir con un gato para quedar “engatuzado”, son encantadores; pero se voló la barda con esos tan peculiares y simpáticos nombres..

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