La lectura y escritura de los universitarios

La revista Este País, en su edición de junio (La Educación en la era del conocimiento), publica un largo ensayo del escritor Juan Domingo Argüelles que cuestiona el saber escolarizado –rígido, meritocrático, utilitario, jerárquico— y reivindica la lectura por placer, la imaginación y el pensamiento que van más allá de la autoridad de los textos y del mercado de títulos y diplomas en que muchas escuelas (ahora que reina la privado) se han convertido. En Escribir y leer en la universidad. Ritualidades de la autoridad textual y curricular Argüelles se pregunta por qué los universitarios, una gran parte de ellos, no lee ni compra libros una vez terminada su carrera profesional. Ofrece una explicación: “Lo que sucede es que los universitarios son hijos de la escolarización previa (básica, media y media superior), durante la cual la lectura les fue impuesta como un rito de pasaje, para cumplir con un plan de estudios y llevar a término un programa académico”. La lectura es medio (para subir) y no fin (para conocerse mejor). Conseguido el título, graduado incluso por promedio de 9 o 10, ¡qué diablos importan al licenciado o al ingeniero los libros! Él ya cumplió, se desveló, “se quemó las pestañas” y sufrió esos mamotretos que le ayudaron a aprobar sus exámenes. ¿Por qué entrar nuevamente a una librería? Conozco profesionistas que llevan años sin hacerlo; y tienen posgrado. Leamos un fragmento del texto:

Una de las cosas más difíciles de comprender, pero también más fáciles de explicar, es por qué un numeroso sector universitario no lee ni compra libros. Y no nos referimos a que lea, perdidamente, literatura de ficción o poesía, sino tan sólo aquello que le compete en su carrera y que, presuntamente, ha hecho su vocación. Si, por ejemplo, un médico, además de documentarse y actualizarse sobre medicina, lee también, con interés y con pasión, a Montaigne, Kant, Balzac, Kafka, Freud, Jung, Weber, Habermas, Chomsky, Márai, etcétera, se trata de algo cada vez más asombroso.

Esto sólo es difícil de comprender para quienes no examinan antecedentes y se complacen en reiterar, obsesivamente, clichés y lugares comunes. La explicación es muy fácil, en cambio, para quienes abrevan en la realidad y la experiencia. Lo que sucede es que los universitarios son hijos de la escolarización previa (básica, media y media superior), durante la cual la lectura les fue impuesta como un rito de pasaje, para cumplir con un plan de estudios y llevar a término un programa académico.

Las experiencias de lectura y escritura con las que llegan los estudiantes a la universidad son, en general, precarias y amargas. En cuanto a la lectura, se reducen a leer obligadamente algunos libros para luego hacer resúmenes y responder cuestionarios e interrogatorios sobre asuntos que nada, o muy poco, tienen que ver con el goce de leer y escribir. En cuanto a escribir ―y publicar―, prácticamente todo se restringe a las investigaciones universitarias, muchas de ellas aburridas cuando no soporíferas, a tal grado que Simon Critchley ha dicho, con sorna no disimulada: “‘Publish or perish’ [‘publica o perece’] es un despiadado lema en el ámbito de la investigación”.

Gabriel Zaid ha sentenciado que la mala prosa universitaria se ha vuelto legendaria y que las tesis de grado difícilmente se diferencian unas de otras en cuanto a la expresión escrita, sin que importen mucho la disciplina y el tema que traten. Ha de ser en parte porque muchísimos universitarios no leen por placer, sino tan sólo por “utilidad”. Y esto no ocurre únicamente en México. Stephen Vizinczey, el novelista y ensayista húngaro de lengua inglesa, ha referido lo siguiente en su libro Verdad y mentiras en la literatura:

Hace unos años vino una estudiante a verme a Londres: estaba licenciándose en Literatura Inglesa en Oxford. Mencionó un libro y yo le pregunté si le había gustado. Poniéndose muy derecha, dijo con orgullo: “¡No leo para sacar gusto, leo para evaluar!”. Me temo que es típica de la educación universitaria y del género de expertos literarios que ésta produce: aman los libros como los niños mimados aman a los criados: porque pueden sentirse superiores a ellos.

En vez de despertar o incentivar la pasión por la historia, el ritmo, el conocimiento, la emoción y la reflexión sobre lo leído, lo que hace el sistema educativo es adormecer el cerebro y preguntar bobadas que van desde el tema, los personajes principales, la trama, el nudo, la diégesis y la metadiégesis, el clímax y el desenlace, hasta los personajes secundarios, el lugar y año de nacimiento del autor, el género en que está escrito el libro, la época de la escuela o la corriente literaria, etcétera, a fin de calificar la “comprensión” de lo leído. Y todo ello a partir de un cuestionario de Verdades Únicas e Inalterables que el estudiante tiene que seguir al pie de la letra, adaptándose a las exigencias de lo que debe responder

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