El coche negro

A partir de un hecho histórico, a la vez que una anécdota, narrado por el famoso historiador Hugh Thomas en su libro The Spanish Civil War, Anamari Gomís escribe un relato que involucra a su padre José Gomís Soler, fiscal y magistrado de la República española, y a toda una época convulsa por utopías (comunistas y anarquistas), guerras y dictaduras (estalinista, franquista y nazi). Escribe Anamari:

Esta es una historia verdadera con sus muchos tintes de falsedad. La recreo yo, Anamari Gomís, a partir de una entrada al índice del libro The Spanish Civil War, en su tercera edición de Penguin de 1977, donde el autor, el historiador británico Hugh Thomas, nombra a mi padre, José Gomís Soler. La referencia la proporcionó Julián Gómez, Gorkin, reconocido poumista, amigo de Andreu Nin, que vio pasar por la carretera, en un coche negro sólo para él y su chofer, al fiscal que lo sentenció a la cárcel. El fiscal era Gomís Soler, magistrado a cortes y juez acusador de varios miembros del POUM, grupo de izquierda antiestalinista, que detestaba al presidente Negrín y sus ligas con el comunismo. El gobierno de Negrín tachó de agentes de Franco o de los nazis a los del POUM. Mi padre jamás habló en casa del asunto. Pero en su novela sobre la guerra civil, Cruces sin Cristo, menciona con irritación la ceguera histórica de los anarquistas y de los militantes del POUM en aquellos álgidos momentos. Lo siguiente pretende narrar cómo ocurrieron los hechos, a setenta y dos años de distancia, sin más información que la incluida en el libro de Thomas.

A una velocidad mudable, casi a tropezones en algunos momentos, pasaba el automóvil negro por la carretera. Se trataba probablemente de un Ford de dos puertas, ocupado por el chofer y un juez de la República, aún joven. Leía, era temprano y penetraba suficiente luz por las ventanillas. Al mismo tiempo, mucha gente andaba por el camino, tumefacta por el clima. Algunos se calentaban por el esfuerzo de aventajar a los demás. El coche negro se trasladaba rumbo al lado opuesto de la muchedumbre y de los otros vehículos, hacia España, en un punto en que la frontera con Francia ya no quedaba tan lejos. La brújula marcaba hacia el norte para la mayoría, que deseaba a toda costa huir de Franco y sus secuaces. Con un peregrino destino fueron enviados hasta allá los prisioneros del gobierno de Juan Negrín, amigo de los comunistas, sobre todo en una etapa brutal, en la que la única ayuda real a la II República provenía de la URSS. Los miembros del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) resultaron víctimas de persecuciones constantes por parte de la autoridad. Andreu Nin, secretario del Partido, sufrió un secuestro mientras permanecía en la cárcel, junto con sus camaradas Julián Gómez Gorkin y José Escuder. En un principio lo dieron por desaparecido, pero poco después se supo que había sido asesinado, tras haberlo sometido a tortura. Negrín culpó a los fascistas. Sin embargo, la orden de su exterminio la dio un tal Alexander Orlov, militar soviético enviado a España por Stalin. Para enmascarar el crimen, se propagó la historia de que Nin había entablado relaciones con las huestes de la Gestapo.

Así contaban los poumistas los hechos.

Europa comenzaba a convulsionarse. En España se cometían injusticias en los dos lados que encarnaban la revuelta civil. El Frente Popular se resquebrajaba por el encono con el que se apaleaban entre ellos los diversos grupos de izquierda. ¿Qué pensaría exactamente el juez comunista, montado en el coche negro, de la muerte de Nin? El POUM y los anarquistas formaban un moho que crecía por toda Cataluña, se metía a las casas, se adentraba en la nariz de algunos. Sin embargo, no comulgaba con los acorralamientos a los “camaradas” de posiciones diferentes, aunque se tratara de los cargantes poumistas, pero se precisaba tomar medidas contra ellos, no podía dejárseles a su aire.

Tras la formación del gobierno del presidente Negrín, en mayo de 1937, se procedió, en pleno verano, a detener a los dirigentes del Partido Obrero de Unificación Marxista. A Gomís, recién casado, lo nombraron para entonces fiscal territorial interino con el cargo de abogado fiscal del Tribunal Supremo y fue designado delegado del fiscal general de la República ante el Tribunal de Espionaje y Alta Traición. Fungió, así, como representante del Ministerio Público en el juicio a las cabecillas del POUM, lo cual resultó muy complicado. Era evidente que el proceso sostenía un significado político antes que judicial. A Gomís, el Comité Central del Partido Comunista, tan allegado a Negrín, le hizo redactar varias veces el acta de acusación. Sesión ésa incómoda, dilatada, agotadora.

Mientras cruzaba por el camino el automóvil negro, unos cautivos del gobierno de Negrín, poumistas todos ellos, identificaron a su fiscal. Lo vieron tras los vidrios, de perfil, con la cabeza inclinada sobre un libro. Los tipos caminaban a resguardo de miradas inoportunas, escapados desde la frontera, zaheridos por las ráfagas de viento. Desminuido el interés por su estado físico, en esas circunstancias tan inestables, uno tosía como tuberculoso; a otro más, al que apodaban Bakunin, le surgió una bola punzante en la muñeca derecha. No podía coger ya nada con ella, ni siquiera un cigarrillo. Además, se le había abierto una herida en la espalda, una pústula que comenzaba a sangrarle y se le pegaba a la camisa hasta quitarle movimiento. Mientras progresaban en su caminata, el hombre sentía como si una garrapata feroz, casi fantástica, lo estrujara. El más muchacho pensaba, nostálgico, en sus padres y sus hermanas que habían conseguido quedarse en Francia. Él no, él y sus compañeros regresaban a la España fascista, a las “bondades de la cárceles de Franco”. El más entero era, nada menos y nada más, que Julián Gómez Gorkin (unión de Gorki y Lenin), amigo de Nin, y cuyo odio encarnizado por el magistrado que se desplazaba en el auto lo tenía intoxicado. A trompicones sobre el territorio nevado, a ratos, bajo la lluvia pertinaz y gélida, el grupo padecería más tarde también ataques aéreos de la Legión Cóndor, conformada por los nazis. Lenta y difícilmente, se dirigían al infierno del franquismo

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