París de Cortázar

Juan Gabriel Vásquez, premio Alfaguara 2011 por la novela El ruido de las cosas al caer, publicó en Laberinto un texto ágil en el que evoca el París de Julio Cortázar, ciudad literaria que también hizo y hace suya en homenaje al escritor, a Rayuela y sus personajes. Leamos:

Empiezo a escribir esto en un café de la rue du Cherche-Midi, más o menos medio siglo después de la tarde en que la Maga salió de aquí, se encontró con un tal Horacio Oliveira y empezó a hablar con él acerca de nada. La Maga se llamaba en realidad Lucía, y había llegado a París desde Montevideo sin un centavo y con la intención de estudiar canto; Oliveira, por su lado, no tenía muy claro por qué había cruzado el charco desde Buenos Aires, y tampoco tenía muy claro qué había hecho en París desde su llegada, a comienzos de los años cincuenta. Pasaron la tarde juntos, él un poco exasperado por la fascinación que la Maga sentía ante cualquier cosa insignificante de cualquier vitrina del Barrio Latino, y al final acabaron en un café del boulevard Saint-Michel, al cual probablemente me iré en un rato para seguir escribiendo esto que escribo en el mismo lugar donde esa tarde la Maga le contó a Oliveira un gran pedazo de su vida. Y me parecerá normal esto de andar por París de café en café, recordando lo que les ocurrió a Oliveira y a la Maga en cada uno de ellos y escribiendo al respecto. Pero no es así: no es normal. No es normal porque esas cosas ocurrieron muchos años antes de que yo naciera. No es normal porque nunca conocí a Oliveira ni a la Maga, ni conozco a nadie que los haya conocido. No es normal, en fin, porque Oliveira y la Maga no existen ni han existido nunca: son, como lo saben sin duda los lectores, personajes de Rayuela, una de las novelas más entrañables de la literatura latinoamericana y en parte responsable, de maneras indirectas y absurdas, de que yo hubiera decidido irme a vivir a París en junio de 1996.

Tal vez no sobre que explique un poco lo anterior, para que no haya malentendidos. Yo leí Rayuela por primera vez a los diecinueve años, en una edición de Oveja Negra que se desencuadernó apenas pasé del capítulo 25 y se siguió desencuadernando metódicamente hasta que llegué al final de la novela, donde Horacio se está fumando un cigarrillo sentado en un banco de hospital. Durante los dos años siguientes la volví a leer unas seis veces, en tres ediciones distintas, y con cada vez aumentó mi deslumbramiento, aumentaron mis ganas de conocer ese París donde la gente se pasaba el día hablando de literatura y de jazz y de pintura, pero sobre todo de literatura, y aumentó la sensación, no ya de que conocía a la Maga y a Horacio Oliveira, sino de que eran mis amigos y lo habían sido toda la vida. Así que después, cuando viajé a París con el pretexto de estudiar un doctorado pero en el fondo con la intención de aprender a escribir, lo hice sabiendo que una de las razones subconscientes de mi viaje era esa ciudad mítica que había conocido en las páginas de Cortázar. Y supe además que no era el único, que el París de Rayuela llevaba ya más de treinta años fascinando a otros jóvenes de diecinueve años como me había fascinado a mí. Porque una de las curiosidades de este libro, como bien lo sabía su autor, es la comunicación inmediata y duradera que establece con los jóvenes. Es el libro de un hombre de cincuenta años sobre un hombre de cincuenta años, y sin embargo sus lectores más fieles han sido desde el principio jóvenes de veinte. Y si uno de esos jóvenes quiere ser escritor por encima de cualquier cosa en la vida, y si ese joven ha leído y admirado a otros autores (Joyce, Hemingway, Vargas Llosa) que escribieron grandes libros en París, es muy probable que acabe un día viviendo en esa ciudad y conociendo de memoria los recorridos de las novelas e incluso recorriéndolos él mismo, como un rito o una superstición o un simple fetichismo

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