Artículos de lujo

Que el artículo de periódico puede ser algo perdurable y digno de releerse, más allá de la coyuntura, están para demostrarlo las colaboraciones que en su tiempo publicaron, en diversos diarios o suplementos, Jorge Ibargüengoitia, Manuel Gutiérrez Nájera, Jorge Cuesta, Daniel Cosío Villegas, Salvador Novo, Octavio Paz… Incluso, hay números de la revista Proceso que valen mucho la pena por los artículos-ensayos que ahí escribe, en su Inventario, José Emilio Pacheco; o ediciones sabatinas de La Jornada donde encontramos la lucidez de Ilán Semo. El artículo del diario puede ser, con ayuda de la claridad y una prosa de lujo, pequeña obra de arte.

En el texto Las escaleras Gabriel Zaid (otro articulista admirable) nos lee un ensayo y revela las claves de su misteriosa y sencilla belleza: “…esa creatividad que empieza por descubrir el tema, aunque esté perdido en la repetición”. Escribe el poeta:

Hay escaleras hermosas. Una, por ejemplo, es la del Colegio de Minería. Pero otras son horribles: ésas por donde llegan a sórdidas alcobas los desesperados.

Existen, verbigracia en Los Ángeles, por Main Street, hoteles sombríos cuyas escaleras interiores parecen llevar a cuevas siniestras, donde la soledad, bajo una lámpara opaca y amarilla, ciñe las almas de los huéspedes. Hay una puerta abajo con los vidrios sucios, y luego los peldaños grises, con huellas de pasos sin esperanza y cigarros apagados. La gente –un negro, un chino, un mexicano, una mujer morena o una rubia apagada– asciende casi con odio, casi con dolor, casi ausente de lo humano, casi como un bulto de rencores, casi…

En Ámsterdam, las escaleras también son tristes. Pero no tanto. Escaleras de hoteles de marinos, olorosos a brea y a ginebra, a tabaco plebeyo y amores descompuestos. En París, huelen a jabón barato y a madera húmeda. En México, a trapo mojado y a pasión desvanecida. Pobres escaleras.

Y, sin embargo, los novelistas no se fijan en ellas ni dedican una línea a su madera fatigada. Pero los personajes de las novelas y de la vida han de subirlas. También los mismos novelistas.

Graham Greene se refiere a una escalera donde un peldaño cruje. Pero nada más. Algunos autores de novelas policiales las aluden con tenue sombra de misterio; las rechazan luego.

A pesar de todo, las escaleras suelen ser personajes importantes. Una novela, según se sabe, hubiera enriquecido la substancia si el autor hubiera tenido mayor cuidado con las escaleras.

Casi todas las escaleras tristes son de madera: gimen bajo el peso de los seres. Casi todas las bellas, en cambio, son de piedra y alcanzan un préstamo romántico.

Lo mismo hay, por cierto, melancólicas y sucias escaleras de piedra. En Roma, en las viejas casas de México, en Montparnasse, en Cuernavaca, en Valparaíso y en Helsinki.

Pero la literatura prefiere escaleras de nulo o dudoso prestigio.

Y no deja de ser un olvido.
•••
Si el lector me atribuye el ensayo anterior, me hace un honor. Fue mío mientras lo leía; intrigado, esperando llegar a alguna parte como las escaleras, esperando que el suspenso desembocara en una revelación. Pero fue escrito por José Alvarado para su “Correo menor” del 18 de octubre de 1959 en Diorama de la Cultura, el suplemento de Excelsior. La modestia del título de la columna no engañaba a nadie. Era un lujo nada menor de aquellas páginas.

Hay lujos de la vida cotidiana que despiertan el agradecimiento. Como ver claro y lejos, cuando los vientos y la lluvia barren con el aire sucio de México. Como aquel lujo de leer a José Alvarado los domingos.

¿Quién dijo que la prosa del diario no puede ser lujosa? Se dejó llevar por uno de esos tópicos de falsa oposición, donde ensalzar depende de menospreciar algo supuestamente contrario. Es verdad que gran parte del periodismo no se deja leer, pero sucede lo mismo con los libros

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