La hora del escritor

En una entrevista reciente, que reproduje en este blog, el filósofo alemán Peter Sloterdijk afirmó: “Internet es una revolución tan importante como la que produjo Gutenberg con la imprenta. Es cierto que los escritores siempre fueron una minoría, pero hasta ahora fueron una feliz minoría: seguían ocupando un lugar central. Habrá que ver si esa minoría de escritores, en un mundo que se rinde a Lady Gaga, seguirán siendo felices o empezarán a sentirse desdichados”.

En su columna de hoy, La hora del escritor, el crítico Ignacio Echevarría replica y aporta otra lectura de la situación: los escritores, gracias a Internet, ya no son una minoría, sino una masa confundida y entregada a un “público cada vez más embrutecido y envanecido de su autoridad numérica”. Porque me parece importante la reflexión de Echevarría, les transcribo la mayor parte de su artículo:

Un apunte interesante [el de Sloterdijk], que sin embargo ignora un fenómeno sobre el que ya se discurrió aquí tiempo atrás, a saber: que, a consecuencia precisamente de Internet, la de los escritores está dejando de constituir una minoría.

Ricardo Piglia recordaba el siguiente pasaje del diario de Tolstoi: “Escribir no es difícil, lo difícil es no escribir”. Y anotaba: “Esta frase tendría que ser la consigna de la literatura contemporánea”. Una literatura que está mutando a consecuencia de lo que, para ella al menos, supone la verdadera revolución de Internet: la inversión de las proporciones entre la masa de lectores y la masa de escritores.

Nada de una minoría, entonces, como pretende Sloterdijk, sino más bien lo contrario: una mayoría creciente y cada vez más difusa. Aplastante.

Lo que no impide -antes al contrario- convenir con Sloterdijk en el diagnóstico del problema: la marginalización de la literatura.

Ésta habría perdido su relativa centralidad no debido al arrinconamiento de la minoría que la representa sino a la progresiva insignificancia a la que la viene reduciendo su mansa adaptación a las condiciones creadas por la sociedad de consumo.

Lo dejó dicho, treinta años antes que Sloterdijk, otro escritor alemán, Botho Strauss, en un libro excepcional que publicó en su momento Alfaguara, y que alguien debería reeditar: Parejas, transeúntes (1981). Se trata de una colección de viñetas narrativas y ensayísticas que no han perdido nada de su valor ni de su mordiente. De ahí espigo los siguientes pasajes:

“¿Qué puede decirse sobre la fundamental marginalidad del escritor y de la escritura? ¿Quiénes somos frente a la masa de los medios de comunicación y la fuerza de la banalidad? Nada y nunca algo… Cualquier libro carece hoy de peso… Todas las obras son víctimas hermanadas del imperio de la velocidad, la creciente aceleración y la fugacidad total… Incluso la verdad más profunda está condenada a ser sólo una ‘moda’ de escasa duración… El hastío es el soberano absoluto de nuestra cultura…”.

A este panorama, tan desalentador como familiar, Strauss opone, pese a todo, una perspectiva utópica:

“Por paradójico que parezca, ésta sería, precisamente en el punto culminante de la insignificancia de su existencia, la hora del escritor. Nada sería más ejemplar y útil que el talento para romper con su tiempo y hacer saltar las cadenas de la actualidad total… Precisamente ahora, cuando el consumo es total, se echa de menos una nueva literatura que extrajera del rechazo decidido de esta disponibilidad para el consumo una fuerza grande y esencial”.

Para ello, sin embargo, sería preciso tener un cierto proyecto de futuro, dado que “una vanguardia que no está convencida de que un día el público en general, la capa media de los ciudadanos, tomará su puesto y la convertirá en un bien común, carece de la fuerza combativa necesaria para su cometido”.

Ahora bien, ¿de dónde sacar hoy esa convicción, y por lo tanto esa fuerza? Y sobre todo: ¿desde dónde ejercerla?

Como dice Strauss: “En una época en que la literatura misma se ha colocado al margen de la cultura, el marginado dentro de la literatura [y Strauss se refiere con ello al escritor inconforme con la situación recibida] pierde su posición excéntrica”. Pero esta es la única posición desde la cual se hace posible configurar una perspectiva distanciada y por lo tanto mínimamente abarcadora y comprensiva de la corriente incesante que todo lo arrastra.

Una falta de confianza en la importancia y en la validez general de su discurso, una actitud solícita hacia las demandas de un público cada vez más embrutecido y envanecido de su autoridad numérica, el casi completo desmantelamiento de la crítica como instancia discriminadora: tales son algunos de los elementos que explican que la creciente “difusión” de la literatura sea -sólo paradójicamente- proporcional a su marginalidad

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