Así escribe Ana García Bergua

En la última edición de la revista Nexos aparece un texto de Ana García Bergua, autora de la novela memorable Isla de bobos (2007), en el que nos cuenta cómo, en qué condiciones escribe. Va un fragmento:

Guardo de la infancia el recuerdo de la mesa del comedor, donde yo y mis hermanos hacíamos la tarea en la tarde. La mesa, con mantel, era para unas cosas; sin mantel, para otras. También servía de costurero, para cortar las piezas de tela con que mi madre nos cosía o remendaba alguna ropa, para los trabajos manuales, los dibujos. Durante muchos años, desde que me casé, trabajé junto al comedor y quise que mis hijas hicieran sus tareas en esa mesa, a mi lado: como si fuera un taller familiar en el que la mesa era una especie de universo compartido. Quizá a ello se debe que no me moleste trabajar en medio del caos de la casa, el teléfono, el timbre, la señora de la limpieza que pasa de un lado a otro, las hijas que llegan, van o quieren a ir algún sitio, el marido que practica su instrumento o incluso ensaya con otros músicos. La mesa o el escritorio en el comedor han sido, para mí, la extensión de libros, cuadernos, revistas. Sin embargo, en otras épocas he tenido rincones: un pequeño estudio, un espacio diminuto junto a un vestidor, un cuarto de servicio que abandoné porque me hacía sentir demasiado aislada, aunque amaba la mesa alta, esquinera y de madera blanca, que me hizo el carpintero. He llegado a abrazar mesas.

Ahora escribo en un secreter que tenemos desde hace muchos años, y del que sin embargo tardé en apropiarme por escribir junto al comedor. Escribo en mi habitación, a un lado de mi cama y con muchas interrupciones. No sólo de otros, sino mías también. Cuando escribo algo de un tirón, o cuando llevo mucho tiempo escribiendo, comienzo a sentir una especie de vértigo, muy similar al que me provocan los caminos sin semáforos, como las carreteras o el Periférico. Por eso yo necesito escribir con semáforos: un café, un libro, una llamada telefónica, una carrera a la tienda, mirar por la ventana, una ojeada a la internet, algo de música, un juego de cartas. No sé si por soledad o por claustrofobia

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