Susan Sontag: Una vida intelectual

A propósito de Renacida. Diarios tempranos, 1947-1964 de Susan Sontag, Revista Ñ publicó un buen ensayo crítico de Martín Schifino en el que se destaca, más que la escritura íntima de una gran diarista como Virginia Woolf o Katherine Mansfield, la evolución y aprendizaje intelectual de una de las ensayistas más importantes, ambiciosas e influyentes de Norteamérica, “la mujer más inteligente de Estados Unidos”, según Jonathan Miller.

Desde su adolescencia Sontag fue una gran oradora y conversadora. Obsesiva, devoraba libros de literatura, arte, filosofía y política. Asistía a cuanto concierto, galería o museo pudiera. Cuenta la leyenda que en una época llegó a ver hasta 7 películas diarias para formarse como crítica de cine. Fue un temperamento crítico, una mente sagaz, una esgrimista veloz y elegante que se sentía cómoda en esa literatura de ideas que es el ensayo. “Las ideas me agitan”, afirmó alguna vez. También: “A menudo se me pregunta si en mi opinión hay algo que deban hacer los escritores, y en una entrevista reciente me oí responder: Varias cosas. Apasionarse con las palabras, preocuparse mucho por las oraciones. Y prestar atención al mundo”.

Leamos el texto de Schifino:

Primero de tres volúmenes planeados, Renacida. Diarios tempranos, 1947-1964 se extiende desde la adolescencia de la escritora hasta el año en que publica “Notas sobre lo camp”, quizás su ensayo más famoso. Rieff tuvo el buen gusto de no poner “Continuará”, pero calculó los cortes con la destreza de un folletinista. En el comienzo, Sontag es una chica de 14 años que desea escapar de las constricciones de la monótona vida de familia en compañía de su madre y su padre adoptivo, Nathan Sontag (su verdadero padre había muerto cuando ella tenía cinco años). Apenas si aparece la novela familiar; pero hay acotaciones elocuentes: “Malgasté la noche con Nat[han]. Me dio una lección de conducir y después lo acompañé y fingí que disfrutaba una película en Technicolor de sangre y truenos”. Nada de compañía vulgar para esta quinceañera que ya está escuchando la grabación del director Fritz Bush de Don Giovanni y, al mismo tiempo, leyendo el diario de Gide: “Gide y yo hemos alcanzado tal perfecta comunión intelectual que siento los mismos dolores de parto de cada idea que alumbra”.

Uno reconoce, por supuesto, la pretensión sin límites de frases como la anterior, pero la ambición intelectual de la diarista es tan urgente que enternece. Al mismo tiempo, su sensibilidad no está aún disociada en reacción emocional y evaluación razonada. La curiosidad de Sontag, que nunca la abandonaría, es por ahora impulsiva. Al anotar qué autores ha de leer, sinfonías de escuchar, u obras de teatro de ver, Sontag expone su deseo casi bulímico de consumir cultura, de apropiársela. En diciembre de 1948, por ejemplo, hace planes de lectura:

Los monederos falsos –Gide
El inmoralista –”
Las aventuras de Lafcadio –”
Corydon –”
Tar – Sherwood Anderson
The Island Within –Ludwig Lewisohn
Santuario –William Faulkner
Esther Waters – George Moore
Diario de un escritor – Dostoievski
Al revés – Huysmans
El discípulo – Paul Bourget
Sanin – Mijail Artzybashev
Johnny cogió su fusil – Dalton Trumbo
La salvación de un Forsyte – Galsworthy
El egoísta – George Meredith
Diana de las encrucijadas –”
La ordalía de Ricardo Feverel –”

Hasta ahí, la prosa. Pero también le interesa la poesía: “Dante, Ariosto, Tasso, Tibulo, Heine, Pushkin, Rimbaud, Verlaine, Apollinaire”. Y, naturalmente, el teatro: “Synge, O’Neill, Calderón, Shaw, Hellman…” Todavía no ha cumplido los dieciséis. Anota Rieff para dejar en claro la amplitud mental de su madre: “Esta lista prosigue otras cinco páginas y se mencionan más de un centenar de títulos”. Quizás no es una impertinencia señalar que nadie sabe a cuántos de todos esos nombres ilustres Sontag leyó entonces. Pero aún así. ¡Mijail Artzybashev! A los dieciséis años, la lectora precoz parte a la Universidad de Berkeley, California. “Quiero escribir”, anota a poco de llegar. Pero escribir no es un mero deseo profesional, sino que conlleva una reinvención de sí misma. De ahí el título elegido por Rieff, en alusión a una frase consignada en mayo de 1949: “RENAZCO EN LA EPOCA REFERIDA EN ESTE CUADERNO”. De hecho, las listas como las anteriores son una afirmación de la personalidad, incluso de la voluntad. Por esa época despunta la convicción de Sontag de que un escritor no está atado a sus orígenes ni a una cultura en particular. Debe, antes bien, “interesarse por todo”. Y cuando anota que va a concentrarse en “Aristóteles, Yeats, Hardy y Henry James”, reconocemos el alba de la futura ensayista panóptica: he aquí a la joven Sontag frotando en la misma frase las connotaciones de un clásico y tres grandes modernizadores; sólo falta la mención de algún oscuro dramaturgo japonés para que lleguemos al mediodía de su método. Es también notable que, mientras se dedica a los escritores de la modernidad, sus opiniones sobre literatura empiezan a hacer eco de las vanguardias. “La técnica[…] la exuberancia verbal me atraen con gran intensidad” (01/03/49). Sontag no sólo quiere leer, oír y mirar; busca estar al día en sus apreciaciones

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