Una historia de Leonora Carrington

El viernes pasado el periódico La jornada publicó el relato Abatido por la tristeza de la narradora y pintora surrealista, recientemente fallecida, Leonora Carrington (1917-2011). En esta historia encontrarán a una viejecita que esconde, bajo un vestido de plumas de avestruz, encajes y joyas, un terrible cuerpo hermoso. También pueden leer, sobre Carrington, los extraordinarios textos La rebeldía como sello, de Angélica Abelleyra, y Leonora Carrington (1917-2011), de la crítica de arte Teresa del Conde. Les dejo un fragmento del relato:

Abatido por la tristeza, me dirigí hacia las montañas donde los cipreses crecían tan puntiagudos que habrían podido tomarse por brazos, donde las zarzas tenían las espinas grandes como garras. Llegué a un jardín invadido de trepadoras y yerbas de extrañas flores. A través de una ancha verja, vi a una viejecita cuidando sus enmarañadas plantas. Iba vestida de encaje malva, con un gran sombrero de otra época. El sombrero, adornado con plumas de pavo real, lo llevaba ladeado y se le salía el cabello por todos lados. Interrumpí mi melancólico paseo y pedí a la mujer un vaso de agua, porque tenía sed.

–Te daré de beber –dijo ella con coquetería, poniéndose una flor detrás de su oreja grande–. Entra en mi jardín.

Con asombrosa agilidad, saltó a donde yo estaba y me tomó de la mano. El jardín estaba poblado de viejas esculturas de animales, en distintos grados de deterioro. Había toda clase de plantas profusamente mezcladas que prosperaban con tropical esplendor. La viejecita saltaba a derecha e izquierda cogiendo flores, y al final me las puso alrededor del cuello.

–Ya está; ahora estás vestido –me dijo, mirándome con la cabeza ladeada–. No nos gusta que entre la gente sin ir vestida. Personalmente, pongo mucho interés en mi arreglo; hasta puede decirse que soy un poco coqueta –se tapó la cara con su mano sucia y pequeña, mirándome a través de los dedos–. Sin malicia –murmuró–. Mi coquetería es totalmente inocente, y nadie puede decir lo contrario –tras estas palabras se levantó la falda una pulgada o dos, y le vi sus pies diminutos, calzados en unas botitas de gamuza–. Me han dicho que tengo unos pies muy bonitos; pero por favor, no le digas a nadie que te los he dejado ver…

–Señora –dije–; me han ocurrido un sinfin de contratiempos, y le agradezco muchísimo que me haya enseñado los pies más bellos que he visto en mi vida. Tiene usted unos pies pequeños como hojas de cuchillo.

Se echó a mis brazos y me besó varias veces. Luego dijo con gran dignidad: “Intuyo que eres una persona de inteligencia excepcional. Me gustaría invitarte a que te quedaras aquí, conmigo. No lo lamentarías.”

About Irad Nieto

About me?
This entry was posted in Cuento, Ensayo, Suplementos. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s