Despedida a Gonzalo Rojas

Entonces oí… esa palabra: relámpago. Al decir mi hermanito relámpago –ese tetrasílabo esdrújulo—, paré la orejita de niño y me maravilló tanto como si esa palabra contuviera más significado para mí que el ruido, la fiereza, el zumbido y el destello mismo del relámpago… En ese momento descubrí el portento de la palabra, escribió Gonzalo Rojas, citado por el escritor Andrés Hoyos en un ensayo-despedida que con admiración le dedica al poeta chileno, ese hombre de vasta cultura que vivió a sus anchas entre los libros.

En Instantánea de la despedida a Gonzalo Rojas Hoyos escribe:

Pocas cosas hay más difíciles en el territorio literario que trazar la instantánea de un relámpago. Esta electrizante palabra fue la que puso al gran Gonzalo Rojas en su largo y lento camino de poeta. La dificultad se acentúa porque él nunca fue prosaico y solo a los 75 años se convirtió en un protagonista internacional reconocido, tras recibir una seguidilla de premios que nunca buscó. Así, pese a que murió a la muy avanzada edad de 93 años el pasado martes 26 de abril en una clínica de Santiago de Chile, su biografía se conoce apenas en forma fragmentaria y los estudios serios sobre su obra son todavía escasos. Su vida, por ello mismo, no nos ofrece un flanco lleno de hitos memorables o de ideas nítidas que faciliten el retrato. Claro, pronto vendrán los biógrafos y los académicos a remediar ambas carencias, pero en el entretanto nos tiene que bastar con las cronologías de algunas de sus ediciones, con los artículos dispersos y sobre todo con la intuición de lectores atentos.

Gonzalo Rojas vivía rodeado de libros en su alargada casa de Chillán, construida cerca de un barranco con la complicidad de su segunda mujer, Hilda May, y no los tenía de adorno, pues al conversar con él uno entendía de inmediato que estaba ante un hombre culto, polifacético e incisivo. Su larga y exitosa experiencia como profesor de literatura y de teoría literaria en la Universidad de Concepción también da fe de sus conocimientos. En esa época él todavía era uno de aquellos “secretos mejor guardados” en ese Chile poético dominado por la sombra esterilizante de Pablo Neruda, cuya extraordinaria carrera no tuvo un final feliz.

Aunque le sobraba la cultura para hacerlo, Gonzalo no se decidió a combinar la escritura de versos con la práctica del ensayista, según ha sido la tendencia casi natural de los poetas intelectuales: Eliot, Baudelaire, Borges, Brodsky, Valéry, Paz, Milosz y no paro de contar. Tampoco escribió novelas, obras de teatro o cuentos que se conozcan. No, Gonzalo quiso ser exclusivamente poeta, tener esa “única voz”, para usar una frase que sale en su célebre “Al silencio”. Era ésta una voz omnívora que hacía que todo lo importante fuera a parar a sus versos

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