Contra la felicidad

Hoy día sobran maneras de abordar el tema de la felicidad; abundan también las recetas (soberbiamente ingenuas) para conseguirla. Sin embargo, el acercamiento más confiable y polémico al sobado tópico de la felicidad podría hacerse desde el pesimismo, como lo plantea Anderson Benavides en un ácido ensayo publicado por El Malpensante (revista que en cada número hace honor a su nombre). Considera el autor que el hombre feliz y optimista ni siquiera sabe en qué mundo vive; los desenlaces trágicos no existen para el optimista, aunque la realidad muestre todos los días, con ayuda de la prensa, nuestra miseria moral. Si el edificio de la felicidad se tambalea y desploma con gran rapidez es porque sus cimientos descansan sobre la arena. “Bajo estas circunstancias”, afirma Benavides, “el insensato que al borde del sepulcro declara que llevó una vida feliz en todos sus aspectos y que volvería a repetirla si tuviera oportunidad de hacerlo es, además de un farsante empedernido, un desquiciado que lo mínimo que puede hacer es librarnos de su presencia muriéndose lo más pronto posible”.

Argumenta Benavides:

La felicidad es una hipótesis demasiado ingenua para considerarla en serio. No se trata más que de una percepción de bienestar pasajero, un consuelo provisional de la existencia, tan corto en su duración como difícil en su reminiscencia, pues la memoria arraiga con más facilidad, con mayor firmeza y durante muchísimo más tiempo los instantes dolorosos que los placenteros. Conseguirla y conservarla, por así decirlo, es tan complicado como establecer el número exacto de necedades que rondan a cada segundo por nuestras cabezas.

Algunos han querido alcanzarla entregándose en exceso a todo tipo de placeres, hasta que terminan hastiándose de ellos y odiándose a sí mismos. Otros han intentado refrenar sus instintos y alejarse de todas las pasiones existentes, hasta que acaban por no aguantar ni el peso de su propio cuerpo y se suicidan por puro desespero. Hay quienes buscan el ansiado sosiego en la santa sede de la ebriedad, y lo que les dura la jinchera les dura la felicidad. Muchos creen que acumulando dinero y bienes la obtendrán, pero no bien descubren que hay por lo menos un centenar de individuos más ricos que ellos, los invade una inquietud tan grande que de ahí en más no tendrán un solo momento de descanso. No pocos están convencidos de que saliendo a aventurar por el mundo con una mochila al hombro hallarán el sitio ideal para gozar de una vida plena y satisfactoria, y así envejecen paseando el hambre de pueblucho en pueblucho, ignorando que apenas emprendieron su viaje lo primero que empacaron fue la infelicidad que los determinó a partir. Uno que otro misántropo la busca haciendo dieta de los hombres y sus sucias costumbres, y a tal efecto se interna en lo profundo de una montaña junto con sus hijas, a quienes con el paso del tiempo hará madres –y abuelas, si el tiempo y las fuerzas se lo permiten–. Demasiados filósofos algo líricos sostienen que en la contemplación desinteresada de la naturaleza y en la elevación de espíritu se la puede encontrar. ¿A qué naturaleza se referirán? Hace mucho tiempo que aquel refugio se convirtió en un medio más para satisfacer las necesidades del bípedo implume, que ha metido sus narices avarientas en cuanto rincón del mundo subsiste todavía. Incluso en el lugar más apartado de la tierra se encuentra uno hoy a alguien tratando de venderle un trapero. La propia naturaleza, estimados vejetes ociosos, ha sido pervertida. Y ustedes echados en una cama pensando en cosas inoficiosas

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