Sobre los diarios de Susan Sontag

Soledad Gallego-Díaz escribe un buen reportaje a propósito del libro Renacida (Diarios tempranos, 1947-1964), que contiene, precisamente, los diarios (editados por su hijo David Rieff) de una precoz Susan Sontag. Dice Soledad:

Los Diarios tempranos quizás no desvelen, en ese sentido, una personalidad desconocida, pero sí una precocidad y una voluntad de construirse a sí misma inconcebible, si no fuera porque es ella misma quien lo describe y demuestra. La Susan Sontag conocida, admirada y famosa mostró siempre una absoluta confianza en su capacidad intelectual y en su destreza para desentrañar los mitos de las sociedades modernas. Lo asombroso es que cuando tenía 15 años era también consciente de tener un don especial. La jovencísima Sontag (entonces se llamaba Rosenblatt) hace listas interminables (un hábito que mantendría toda su vida) en las que apunta qué leer, en qué pensar, qué hacer. La primera, cuando le faltan tres meses para cumplir 15 años, empieza así: “Creo: a) que no hay un dios personal o vida después de la muerte; b) que lo más deseable es la libertad de ser fiel a uno mismo, c) que la única diferencia entre los seres humanos es la inteligencia; d) que el único criterio de una acción es su efecto último en la felicidad de una persona, e) que está mal privar a cualquiera de la vida (…)”.

Los diarios no son cuadernos en los que se anotan las incidencias del día sino su apabullante deseo de construirse a sí misma. Con 16 años llega a la Universidad de California y hace por primera vez el amor con una mujer (Harriet, la misma con la que a lo largo de muchos años, intermitentemente, mantendría una relación casi masoquista, dolorosamente detallada en páginas posteriores). Pero entonces, confiesa: “Dios, vivir es enorme” y poco después, “todo comienza a partir de ahora, he renacido”. A los 19 años, acepta casarse con un joven profesor (“me caso con Philip con plena conciencia-temor a mi voluntad de autodestrucción”) con quien tendrá su único hijo (un niño al que no se menciona en el diario hasta que aparece un buen día, cuando ya tiene dos años). Nada, ni el fracaso matrimonial, ni el reencuentro con Harriet, ni esa relación cruel, empañan esa voracidad intelectual ni su enorme voluntad de desarrollarla sin cortapisas. “En el diario me creo a mí misma, no solo registra mi vida real sino que en muchos casos ofrece una alternativa”. “¡Esta pasión es una enfermedad!”, se queja, pero pocas horas antes ha escrito con la misma furia: “Banalidad y dominación (…). Una aristócrata de la sensibilidad así como una aristócrata del intelecto. ¡No me gusta nada, nada, que me traten como una plebeya!”. Sontag tiene en ese momento 25 años. Con dos más, ya de vuelta a Estados Unidos, sigue pensando que amar duele. “Es como entregarse a que te desuellen a sabiendas de que en cualquier momento la otra persona puede marcharse con tu piel”. Cuando el primer tomo de sus diarios se cierra, a punto de publicar Contra la interpretación, Sontag sigue confrontada a los mismos problemas: “El éxtasis intelectual al que he tenido acceso desde mi temprana infancia. Pero el éxtasis es el éxtasis”. Habría que haber pedido a Sontag que pensara si es posible que los seres humanos se diferencien, además de por su inteligencia, por sus más íntimas pulsiones: cómo enfrentarse a la muerte, en los hombres, y cómo enfrentarse al amor, en las mujeres.

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