Élmer Mendoza sobre Álvaro Rendón

Hoy en El Universal el escritor Élmer Mendoza recuerda finalmente a su amigo Álvaro Rendón, el Feroz, asesinado hace un par de semanas en el contexto de “una guerra que se va ganando”. Escribe Élmer:

El Feroz. Álvaro no contaba los libros que leía: no tenía tiempo. Para él leer era una creencia; ese desbordado placer que se presume experimentan los lectores es real, El Feroz lo sentía, vivía en él y con esa aura podía conversar durante horas de libros, autores, tendencias, deportes, política, hijos, enfermedades y lo equívoca que es la política de Seguridad en México; esto y unos tragos de whiskey single malt lo mantenían con un pie en la ficción y otro donde fuera.

Al Feroz lo parieron para ser querido.

Era un hombre cuyas virtudes eran tantas que desaparecían sus defectos; además, las ejercía con tal vehemencia que ha conseguido crear una densa burbuja de amor en su memoria, y que diariamente lo extrañemos y reconozcamos que dejó un hueco imposible de llenar. Realmente hay gente insustituible y el Feroz es de esa estirpe.

Todos éramos sus mejores amigos.

Desde Liz que no sabe cómo llenar su ausencia, o Claudia que lo quiso como si lo hubiera conocido de siempre, o Cristina que brinda y no sabe definir cómo se extraña a un amigo, o María que fue de las primeras en saber la tragedia, o Diana que fue incapaz de controlar el llanto. Nosotros hablamos de él, Emir, Ernesto, Felipe, Jesús Ramón y yo: Oye, te acuerdas cuando… Leonor no olvida que lo felicitó de abrazo cuando Vargas Llosa ganó el Nobel y cómo hicimos ese brindis que dio la vuelta al mundo. Ya no supiste que traje una botella de The Glenlivet de Scottsdale para celebrar a Hemingway.

Quizá la noche no era tan oscura y no quisiste quedarte en casa de López Cuadras. Quizá la carretera era ancha y ¿qué son 90 kilómetros en un país donde el Presidente ha emporcado la época con una guerra que no va a ganar aunque lo repita hasta el hartazgo?, ¿por qué? Porque ya la perdimos todos, hasta él, que no tuvo la dicha de ser amigo de Rendón.

Hay una franja, masculla un niño; donde controla un grupo, me confía una mujer delgada; que no está con nadie, susurra un anciano; matan sin motivo, un zentzontle gorjea. Por ahí circulaba El Feroz la media noche del 24 de mayo en su Jetta gris, escuchando “Un mundo raro” de José Alfredo y cavilando en la salud de García Márquez y en si podríamos conseguir que Vargas Llosa viniera a Culiacán. Se lo diré a Arturo y a Beatriz, le prometí. Dile también al Diablo Guardián, se ve que lo conoce. Es verdad: son compas. Nos lo llevamos a comer a Altata. ¿Te imaginas? Va a querer pasear en una banana

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