Retirarse para alcanzar el éxito

En un nuevo ensayo Gabriel Zaid indaga en la historia, evolución e implicaciones de dos conceptos que aparentemente, podría creerse, se oponen: el éxito y la ascesis. Encaminarse a la perfección, intentar producir algo excelente, a través de la práctica de una vida ascética, retirada, que cultive la vida interior. Con acostumbrada claridad e ironía Zaid escribe:

HAY ALGO PURITANO EN EL MUNDO DE HOY. La desaprobación que produce fumar no existía hace unas cuantas décadas, cuando parecía tan elegante que eran comunes las fotografías de artistas, políticos y hasta deportistas fumando. Las poses pensativas y las miradas penetrantes daban al fumador un aire de superioridad. Era darse un placer y también darse humos sin escandalizar.

Quizá el puritanismo es eterno y solo va cambiando de tema. Cuando llegó el bob cut a México (la moda del pelo corto en las mujeres), la desaprobación compuso una copla burlesca:

Se acabaron las pelonas.

Se acabó la pretensión.

La que quiera ser pelona

pagará contribución.

Pero más allá de estos cambios de tema, que los hay, avanza una curiosa difusión de los ideales monásticos en el mundo del éxito. Los monjes no se casan, viven en una celda, ayunan, disciplinan su cuerpo, examinan su conciencia, leen libros de superación espiritual, obedecen. Se dedican a ser cada vez más perfectos por el ora et labora: la meditación y el trabajo.

Este camino de perfección para unos cuantos va ganando adeptos fuera de los conventos. La meditación está de moda. Fumar es mal visto. Engordar también. Las dietas rigurosas no son exactamente ayuno, pero ¿cuál es la diferencia? El mundo ejecutivo exige dedicación y obediencia para el ascenso a las cumbres: el nuevo Monte Carmelo. Abundan los cursos de superación personal que son como ejercicios espirituales: renuevan el entusiasmo por las metas. La soltería prolongada o renovada no es un voto solemne, pero es un celibato. Se multiplican los departamentos donde vive una sola persona. No son celdas, pero tienen algo monacal. En vez de cilicios, hay caminadoras, bicicletas fijas o acceso a clubes atléticos donde los aspirantes a la perfección se torturan voluntariamente para ser mejores y sentirse mejor.

Para muchos triunfadores, el éxito merece renunciar a todo lo demás. Cuando el semanario Time dedicó un número a quienes se habían hecho millonarios antes de cumplir 40 años, alguno declaró (si mal no recuerdo): No es tan difícil hacer un millón de dólares. Lo difícil es no querer otra cosa.

El llamado a ser más exige una concentración absoluta y un desprendimiento radical. Amado Nervo:

Si Tú me dices “¡Ven!”, lo dejo todo…

No volveré siquiera la mirada

para mirar a la mujer amada…

Muchas posiciones radicales del Nuevo Testamento fueron integradas a los ideales monásticos. Pero no tan pronto. Los monasterios cristianos aparecen en el Cercano Oriente siglos después de Cristo, cuando los budistas llevaban un milenio de existir. Según Richard Garbe (India and Christendom), del budismo llegaron al cristianismo: los claustros monacales, la distinción entre novicios y monjes ordenados, el celibato, la confesión, la tonsura, los campanarios, el uso del incienso, la veneración de reliquias y el rosario.

Para los antiguos griegos, abandonar la vida común, recluirse y dedicarse a lo suyo (ídios) era una idiotez. Lo importante era actuar y destacar en la polis. Pero hubo excepciones. Los pitagóricos, cínicos, epicúreos y estoicos dieron importancia a la vida interior, también por influencia oriental (hasta se dijo que Pitágoras había estado en la India).

Michel Foucault (Tecnologías del yo) contrasta en esas excepciones dos formas de poder: sobre los otros y sobre sí mismo. Pero lo decisivo, por lo que hace a la vida ascética, es el esfuerzo concentrado en la perfección, como puede verse en la evolución de la palabra asketés en el mundo griego. Significó primero ‘experto’, después ‘atleta’ y finalmente ‘asceta’

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