La tristeza de Ernesto Sábato

Ezequiel Martínez escribe en Revista Ñ:

No se puede estar triste todo el tiempo, angustiado todo el tiempo… Todo era una exageración. Vivió esa exageración”. Lo dijo su hijo, Mario Sabato, en el homenaje al autor de El túnel que se realizó la semana pasada en la Feria del Libro.

Ernesto Sabato hizo de esa exageración su estandarte. Eligió iluminar su vida con esa antorcha a media luz. Hace muchos años, si uno llamaba a su casa de Santos Lugares, la voz de Don Ernesto podía escucharse en su contestador telefónico con mensajes que decían más o menos así: “No puedo atenderlo. Me siento muy deprimido y angustiado. No tengo ánimo para hablar con nadie”. Su esposa, Matilde Kusminsky-Ritcher, había muerto en setiembre de 1998 y su hijo mayor, Jorge Federico, había perdido la vida tres años antes en un accidente automovilístico. Si el fatalismo perpetuo de Sabato no había tocado fondo, estas muertes terminaron de empujarlo hacia el más oscuro de los abismos.

Por entonces el escritor sumaba 86 años y había terminado de escribir Antes del fin , su primer libro después de décadas de silencio de imprenta. Se trataba, según su propia definición, de un “testimonio, epílogo o testamento espiritual”. Allí, y a lo largo de poco más de doscientas páginas, Sabato recorre los capítulos fundamentales de su “atormentada existencia”. Desmenuza encuentros y desencuentros que dejaron demasiadas dudas y pocas certezas en su vida. Habla poco de sus libros anteriores, y cuando los menciona, será sólo para explicar cuánto sufrió haciéndolos. En esas páginas sufre, también, por la ecología, los desocupados, los maestros, los desamparados y el destino sombrío hacia el que se dirige la humanidad. Pero sufre, sobre todo, por sí mismo.

Las tempestades que azotan Antes del fin son interminables. Tanto como la autocompasión que Sabato despliega en abundancia. Con eso ha sostenido sus últimos años de vida pública, transformado en el pasajero de una pesadilla. El autor de El escritor y sus fantasmas había abandonado un cuarto de siglo antes la palabra impresa para dedicarse a ser un pensador mediático, la voz de la conciencia nacional.

No le faltaron cámaras ni micrófonos: siempre fue una especie de símbolo ético para la mayoría de los argentinos y un referente moral para las nuevas generaciones, sobre todo después de haber presidido en 1984 la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), que investigó los crímenes cometidos durante la última dictadura militar en la Argentina, cuyo informe está contenido en el libro Nunca Más

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One Response to La tristeza de Ernesto Sábato

  1. Ezequiel says:

    Esta nota es un asco, una verdadera falta de respeto a Sábato y a sus lectores.
    Y se los engaña, con la etiqueta de que ésto es un “Homenaje”…
    Y se lo “homenajea” con expresiones como, por ejemplo, decir que sus ensayos son “viejas ideas recicladas”, que su depresión es más “una preocupación por sí mismo”, y que los jóvenes lo leen “más por sus apariciones públicas que por su literatura”…
    Y no dice nada respecto a su obra novelística, ni de los reconocimientos por parte de grandes escritores, ni de su lucha por los derechos humanos…

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