Refundar la izquierda

En su ensayo Una izquierda posible el politólogo José Woldenberg afirma que la izquierda mexicana nunca había sido tan fuerte como ahora que gobierna diferentes estados y municipios del país, el Distrito Federal, y tiene una representación política importante en ambas cámaras legislativas. Muy lejos ya de la clandestinidad y la ilegalidad, la izquierda o las izquierdas deben entender que no sólo son oposición, sino gobierno, institución. En ambos casos, es deseable que asuman un compromiso con las instituciones democráticas. En opinión de Woldenberg, la refundación de la izquierda mexicana tendría que comenzar por una modificación de su lenguaje, de su discurso narrativo. Un lenguaje que consiga de verdad comprender la realidad institucional en la que contiende y gobierna, y que asimile realmente la necesidad de conjugar democracia e igualdad.

En este esfuerzo por renovar la izquierda, tanto los liderazgos carismáticos que menosprecian las reglas democráticas como las perennes luchas fratricidas entre facciones sólo estorban y socavan la centralidad que debería tener la izquierda en un país profundamente desigual y discriminatorio, cuyos espacios públicos comienzan a ser sustituidos por guetos residenciales, con cercas y cámaras de video vigilancia, en los que se refugian quienes tienen dinero para comprar una ilusión de seguridad. El tema, pues, que la izquierda no puede abandonar es el de la igualdad (con democracia), el del impulso hacia un Estado social y democrático de derecho. “En esa dirección”, escribe José Woldenberg, “los temas de las fiscalidad progresiva —prácticamente congelada entre nosotros—, para la construcción de un entramado institucional capaz de atender de manera universal los derechos de los ciudadanos, puede ser el cimiento de un gran pacto social y político impulsado desde la izquierda que incorpore para la buena reproducción de un sistema democrático la dimensión de la vida social. Una vida social que hoy es similar a un sistema de fortalezas que ven con desconfianza y miedo a quienes viven fuera de sus límites.”

El ensayo completo acá.

Por su interés en el debate sobre la izquierda, reproduzco un texto publicado hoy en El País en el que Jean Daniel nos propone una Ética de izquierda en diez puntos. Escribe el periodista francés:

1. Ya no quiero cambiar el mundo; quiero reformarlo. De hecho, creo que el mundo cambia por sí mismo mucho más deprisa que nuestro deseo de cambiarlo. Pero si quiero ser reformista no es solo porque haya renunciado a la revolución, sino porque creo en los progresos, y quiero subrayar que he escrito esta última palabra en plural. Es evidente que ya no se puede creer en el progreso en el sentido en que lo hacían Condorcet, Marx o Auguste Comte. Pero antes de que un águila le devorase el hígado, Prometeo consiguió robar ciertos secretos a Zeus; y entre ellos había algunos que hicieron posible que la humanidad diera un enorme salto hacia en el conocimiento. La reforma consiste en hacer desaparecer aquellos secretos que resultaron ser maléficos.

2. El siglo anterior debería conducirnos a desconfiar de todas las revoluciones, a comprender todas las resistencias y a abrazar el espíritu reformista. A condición que esta conversión se lleve a cabo con un radicalismo que impida que los compromisos se conviertan en componendas. El “reformismo radical” excluye todo relativismo desencantado. Mendes-France decía que la tensión reformadora debe inocular constantemente patetismo en la virtud. La democracia debe ser una pasión.

3. La explosión de los dogmas y de las ideologías debería condenarnos a la humildad y a un verdadero culto de la complejidad. Al margen de las justas políticas y los divertimentos de las polémicas, lo perentorio ya no es soportable. En lo que a mí respecta, he decidido interesarme siempre por las razones de quienes están en desacuerdo conmigo. En este terreno, mi maestro es Raimundo Lulio, un monje mallorquín del siglo XIII que invitaba a los impíos a no escoger entre los tres monoteísmos, sino a formarse su propia síntesis personal.

4. La sabiduría consiste ahora en no separar nunca los conceptos de libertad e igualdad. La primera sin la segunda conduce a la jungla de las competiciones. La igualdad sin libertad lleva a la uniformidad y a la tiranía. Tampoco se debería separar nunca la preocupación por la creación de riquezas de la preocupación por su reparto. El hombre sigue siendo la meta de toda creación.

5. Desde esta óptica, el dinero solo puede ser el símbolo de unamercancía y el instrumento que sirve para hacerla circular mejor. Cuando la especulación conduce a considerar el dinero como un fin y no como un medio, en otras palabras, cuando el capital se “financiariza”, la sociedad entera se transforma en una bolsa de valores que ya solo puede optar entre un individualismo cínico y un latrocinio organizado.

6. Según Marx, la violencia viene provocada por el paso de una sociedad a otra, como ocurrió durante la transición del feudalismo al capitalismo. Solo en este caso considera que la violencia es progresista o, si se quiere, revolucionaria. Contrariamente a lo que se repite por doquier, esta noción no es hegeliana. Hegel elogió la Revolución (1789), pero no el Terror (1793), en el que no vio un progreso, sino todo lo contrario: una regresión. No existe pues una fatalidad progresista de la violencia, sino al revés. Soy partidario de una no violencia ofensiva y no sacrificial.

7. No obstante, puede ocurrir que una guerra a la vez “inevitable e inexcusable” sea necesaria por razones de autodefensa. Pero solo podría ser declarada como último recurso, después de descartar todas las demás soluciones. Una vez que se ha decidido ir a la guerra, hay que tener en mente tres reflexiones: a) “Sí, a veces hay que resignarse a la guerra, pero sin olvidar nunca que, pese a la equidad de la causa, eso significa participar de la eterna locura de los hombres” (Barack Obama); b) “Cada vez que un oprimido toma las armas en nombre de la justicia, da un paso en el campo de la injusticia” (Camus); c) “La justicia, esa fugitiva que a menudo deserta del campo de los vencedores” (Simone Weil).

8. No está en el destino de una víctima el seguir siéndolo; después de liberarse, puede convertirse en verdugo. Todos aquellos que aceptan responder a la barbarie con la barbarie, utilizando las mismas armas que sus enemigos y traicionando así los valores por los que combaten deberían tener presente este pensamiento. En tal caso, no hay inocentes, solo vencedores o muertos. En una época en la que la fragmentación de los dogmas y los conflictos de la fe conducen a los fanatismos y en la que cada vez es más difícil hablar de valores universales, un odio debe imponerse -y la palabra no es demasiado fuerte-: el odio hacia todos los absolutos. El principio del exterminio de un pueblo constituye el mal absoluto. Los supervivientes de Auschwitz y Ruanda no deben decirse: “Nosotros nunca más”, sino “esto nunca más”.

9. Ya en mi más tierna infancia aprendí a considerar la humillación como uno de los peores males de la humanidad. Más aun que las opresiones, las ocupaciones y las alienaciones, la humillación es lo que más profundamente hiere el alma de un individuo o una colectividad. Y lo que está detrás de las revoluciones controladas y de las revoluciones fanáticas.

10. Hay varios medios para no colocar nuestro sillón en el sentido de la resignación ante las desgracias de la vida y la maldición de los hombres. Por ejemplo, considerar que “la vida no es nada, pero nade vale más que una vida” (Malraux), que “no hay que buscar a Dios en ninguna otra parte que en todas partes” (Gide) y que solo la admiración que se transforma en amor puede impedirnos ver la vida como “un cuento lleno de ruido y furor contado por un idiota y que no significa nada” (Shakespeare). De todas formas, como dice magníficamente François Cheng, “todos los juicios, todos los cultos y todos los ritos pueden desaparecer, salvo uno solo, el de la Belleza”.

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