Un poema de Fina García Marruz

El Cultural nos comparte una selección de poemas (publicados en la antología El instante raro, Pre-Textos) de la escritora cubana Fina García Marruz (La Habana, 1923), quien obtuvo el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Transcribo uno de ellos:

E S P A Ñ O L

ME rodea aquí el idioma, como a mi isla
el mar. No cual lo oyera, aislado,
entre otras voces. Me envuelve ahora
por todas partes: tropiezo con su roca
de salud, cortada a pico
de eternidad: hínchame, tómame,
me vuelve a no sé qué tiempo inmemorial
y ya no huyo: méceme, la gran habla madre,
sentencia y centro de gravedad y arrullo
de las criadas Teresas olvidadas.
¿Cuándo, insegura, trémula,
niña aún, sin memoria,
busqué tu pecho de firmeza,
como se hunde la cabeza sollozante del hijo
en el regazo innumerable? Cuántas veces
las marchas y oberturas, los dúos
de la zarzuela briosa que escuchaba
a mi madre, en las tardes habaneras
de distinta nostalgia, me sacaron
de mi secreto huir, me devolvieron
al desafío alegre, el dar a lo hecho pecho,
rompiendo las visiones nocturnas
con el bregar de la casa, la limpieza
del atareo matinal? Desde mi lumbre vaga
miré tu sol cayendo a plomo,
tu consejo de contentarme con lo poco
y contemplarnos sin contemplaciones.

¡Qué energía de soles recorría
por dentro tus palabras, todas órdenes
de no dejarse caer! Y ahora braceo
en tu oro vivo, mar, idioma,
y esa desconocida que conversa
me deja un vidrio hondo, un regañar
de madre, un vuelo blanco… Ahora
son dos niños españoles que juegan
a la pelota como si le hablasen
a la dicha. “Tómalá!” “Déjalá!”
¡Esdrújulos agudos, soleares de bella,
intensa entonación final! He vuelto
a ver aquí las bocas recias, puras,
que nada saben de manjares frívolos,
las que han alimentado por milenios
las materias de los sacramentos,
trigo, vino y aceite: habla nutricia.
Tu encontronazo noble
topa con mi memoria viva,
como la santa cabeza de un mulo
con la yerba: brama mi origen, lengua,
poesía: criandera de mi infancia.
Oigo tu canturreo
entre azulejos blancos de cocinas
soleadas, en el verdor que tiembla
en la luz: sol y calor primeros.
¡Y en ese asedio casto de palabras
que no son palabras, sino un pueblo
blanco de casas, un tajo de luz,
una incomprendida dignidad que escapa
por las filas de los árboles solos,
junto a esas parameras del alma
siento que amo y creo
en el lleno total de tu sustancia
lanceando los fantasmas, sola,
clamando en los desiertos
nuevos, que están llenos
los cielos y la tierra! Y te creo
capaz de arremeter contra la misma nada
como se echa a un extranjero invasor!
¡Creo en ese gran espacio abierto
no vacío, sí libre, que he visto columpiarse
en la parte superior del tapiz,
más allá de los juegos
de luz y sombra! ¡En todo
lo que tu habla llana acoge en su honda pausa,
y en esa transparencia única que abraza
a lo alto y lo ancho,
al arriero que se pierde
dando tumbos, en la hora final, contra las piedras
que roza apenas el oro bermellón!

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