Insolente moderno

En el año 1845, en París, emerge a la superficie un crítico excepcional, un esteta enamorado de las formas, de los colores, de la carne, de la belleza, pues. Tiene 24 años y acaba de publicar una obra de crítica de arte, Le Salon de 1845, que sorprende a muchos por su lucidez. La irrupción de un genio abre, aparentemente, las puertas de la imprenta. Apenas el siguiente año, 1846, debuta como crítico literario en la revista Corsaire-Satan, donde le da con todo, y así crea escuela, a un libro de su amigo Louis Ménard. El joven autor del vapuleo se llama, sí, Charles Baudelaire (París, 1821-1867).

La mirada del joven poeta, que ya pasea habitualmente su indumentaria de dandy por calles y bulevares de París, avizora los escombros de los inspirados hijos del romanticismo. Animal moderno, abandona la cabaña del anacoreta, del loco hechizado, para salir a registrar las distintas temperaturas de la urbe, de los monstruos que habitan la ciudad. En el París turbulento de 1848, ¿de qué lado se coloca Baudelaire? Del lado de la revuelta y las barricadas. No tanto por una identificación política, pues en esta materia fue más bien un conservador influido por Joseph De Maistre, sino por una pasión: batirse contra el pasado, abrirle paso a la modernidad. En todo caso, lo que quiero decir aquí, es que Charles Baudelaire, por esos días, es ya, irrecuperablemente, un flâneur, un paseante embriagado de la ciudad y sus cafés, hijo del infierno urbano y hermano de sus bestezuelas. Junto a Flaubert, Baudelaire es un artista decididamente moderno.

Pero para fincar una obra poética, Baudelaire ocupaba primero sacudirse sus propias reminiscencias románticas y reñir contra los muertos vivientes de la Academia: el púlpito donde impartía cátedra Sainte-Beuve y desde donde un grupo de “esfinges” –así llamó Baudelaire a esas momias o estructuras óseas inanimadas que ocupaban las sillas de la Academia— custodiaba el orden de las formas literarias tradicionales, es decir, clásicas. Las inteligencias petrificadas de los académicos, acostumbrados a los temas excelsos en literatura, aún no presentían lo que vendría con Flaubert y Baudelaire: provincianas insípidas y adúlteras y un mundo de golfas. Balzac había abierto ya algunas ventanas.

Algo importante de las batallas intelectuales del autor de Las flores del mal (1857) puede encontrarse en el excelente librito Crítica literaria (UNAM, 2007), con un prólogo de Rafael Lemus, que reúne 5 ensayos, dos de ellos ejemplares (Nuevas notas sobre Edgar Poe y Madame Bovary), así como parte de sus Diarios íntimos.

Dice Christopher Domínguez Michael que “Baudelaire ejerció la crítica por procuración, como lo aprendieron a hacer, gracias a él, los grandes poetas del Siglo 20: Pessoa, Wallace Stevens, Pound, Paz, Cernuda, Eliot. Es decir, el poeta se define definiendo a los otros, invadiendo almas para hacerle de ventrílocuo. Lo que Baudelaire quiere decir de sí mismo lo dice a través de Edgar Poe (su semejante, su hermano, su gran invención), o de Constantin Guys o de Éugene Delacroix o de Richard Wagner o del padre Hugo y hablando de ellos, habla de sí mismo.”

Para desempeñar esta labor, el tono profesoral y respetuoso estorbaba a Baudelaire. En sus ensayos, la fría argumentación, asunto de magistrados, sucumbe ante el entusiasmo por la disputa. No pierde el tiempo en demostrar: “¿Es útil el arte? Sí. ¿Por qué? Porque es arte.” Punto. Y nombra estúpidos a los estúpidos. Sea por temperamento o clarividencia, su crítica literaria es, sin más, literatura. Por eso las digresiones y rabietas en sus estudios, porque hay un yo, un esteta insolente metido con todo el cuerpo en los ensayos que habla del programa estético de Poe como si hablara del suyo propio; que elogia a ese descubridor norteamericano de “bellezas siniestras” porque “vio claramente, afirmó imperturbablemente la maldad natural del hombre” y “sometió la inspiración al método, al análisis más severo”.

Con esta novedosa falta de respeto era imposible evitar el choque con las añejadas togas de la Academia. Y Baudelaire, moderno, no guardó las formas: “¡Literatura de decadencia! Palabras huecas que a menudo oímos caer, con la sonoridad de un bostezo enfático, de boca de esas esfinges sin enigma que velan ante las puertas santas de la estética clásica”. He aquí el tono de su crítica.

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