Necedad y melancolía

Hace 500 años se publicó Elogio de la locura del culto humanista Erasmo de Rotterdam. En el suplemento La Jornada semanal apareció un ensayo muy bien informado que arroja luz sobre la vida y el pensamiento de esta figura del Renacimiento. Va un fragmento del texto de Augusto Isla:

Corre el año de 1509. Nubes negras presagian una tormenta espiritual en Europa. Erasmo de Rotterdam, que ya por entonces goza de amplio prestigio gracias a sus Adagios y al Manual del caballero cristiano, viaja de Italia a Inglaterra, donde se siente mejor que en ningún otro lugar. Está ansioso por abrazar de nuevo a sus amigos, un Tomás Moro siempre hospitalario con él, un John Colet que le había descubierto a Pico de la Mirandola y a Marsilio Ficino, paladines del neoplatonismo florentino… En el trayecto, que según un amigo viajero duraba aproximadamente un mes, redacta, pluma en mano, rápida como una saeta, un regalo para su anfitrión, Tomás Moro, en cuyo hogar cerca del río gozará las delicias de la campiña inglesa. Lo titulará Moriae Encomium, libro compuesto por sesenta y ocho breves capítulos y escrito en un tono satírico, emparentado con esas representaciones medievales en las que el bobo o el loco hacen uso de la palabra.

Nosotros lo conocemos como Elogio de la locura, entendida ésta como estupidez, como necedad, como esa pulsión del ser humano que suele acompañarnos a lo largo de nuestras vidas sin cuya presencia no explicaríamos buena parte de nuestra condición ontológica, por así decirlo; ya sobre el lomo del caballo, ya en las postas donde reposa, nuestro viajero le concede la voz a la necedad que, a sus anchas, se regocija clavando sus dardos en el cuerpo de los hombres. Toda visión satírica de nuestro mundo, dice Gilbert Highet, “que revele a los seres humanos tal y como son debe aspirar a convertirse en una fotografía, pero, de hecho, lograr ser una caricatura. Debe exhibir, a la luz del día, sus características ridículas y repulsivas […] burlarse de sus virtudes y exagerar sus vicios, desacreditar los dones más valiosos del ser humano […] considerar sus religiones como hipócritas, su literatura como opio, su amor como lascivia”. Satirizar es un derecho del crítico, una modalidad literaria del espíritu edificante. La sátira es medicinal; una burla que enseña, que, descansando sobre un fondo serio, como toda broma escondida detrás del biombo de sus travesuras, entrega mejores frutos que la solemnidad. Tal es el caso del Elogio de la locura, un juego de la imaginación erasmiana, inscrito en el movimiento de la Prerreforma; compendio –no sé bien si afortunado o torpe– de la actitud crítica y, al propio tiempo, sumisa y autoritaria de este humanista aristocratizante, muy poco propenso a la disputa, pero lo suficientemente ambiguo para no dejar contentos ni a quienes defendían entonces a una jerarquía eclesiástica enferma, ni a quienes optaban por una reforma cristiana fuera de ella.

Las páginas de ese “discursillo”, considerado por Marcel Bataillon, como una “obrita de pasatiempo”, destilan provocación, pero también convicción; han sido escritas por quien tiene un gran sentido del absurdo, por un huérfano atormentado por su origen, desde la penumbra de su melancolía. No es el discurso de la sinrazón, el del loco propiamente, el de Sade, Artand, sino el de un racionalista melancólico: es la razón con su disfraz carnavalesco.

Rotterdam lo ve nacer en 1469 como hijo ilegítimo de un clérigo. La peste lo deja en orfandad. Otro clérigo lo adopta. Estudia en Gouda, Utrecht, Deventer. Todo un periplo que termina con su ingreso al convento de los canónigos regulares de San Agustín de Steyn; allí se ordena sacerdote, pero su mente inquieta lo arroja de la vida conventual. Erasmo quiere ser libre, dedicarse solamente a leer y escribir, nos dice Leon Halkin. Será en adelante un intelectual vagabundo y, por ende, pobre: vivirá de sus lecciones, de encomiendas pedagógicas eventuales. Ego civis mundi esse cupio. Será un ciudadano del mundo, es decir de ninguna parte; un hombre sin raíces, sin familia, atado a sus enfermedades, a una lengua muerta que, como hombre del Renacimiento, él reactivará con elocuencia ciceroniana. Todo lo escribirá en latín bajo la inspiración del tribuno romano: sus Adagios, su Manual…, sus Coloquios, sus tres mil cartas, muchas de ellas reveladoras de su gran sentido de la amistad, de su hambre de ternura, de sus pasiones equívocas: “Tú rechazas a quien muere de amor por ti […] única esperanza de mi vida”, escribe a Roger Servais

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