Criaturas sin carácter

Revista Ñ publica un texto de Santiago Maisonnave acerca de la literatura de oficinas, la literatura que nos retrata y nos introduce, sensiblemente, en el mundo real, asfixiante y rutinario, de la burocracia. Ya sea Bartleby de Melville, El Capote de Gógol o El Proceso de Kafka, nos encontramos con una narrativa que expresa la monotonía de esas ‘criaturas sin carácter’, hombres insignificantes, sin atributos, que pueblan los pasillos y cubículos burocráticos. Van unos párrafos de este interesante ensayo:

Allí está, sin duda nacido en un oscuro subsuelo, en el fondo húmedo y frío de algún edificio ministerial, o en un archivo laberíntico e infinito con olor a papel envejecido. Allí está, gris, pequeño, titubeante. Es el escribiente (el copista, el funcionario, el chinóvnik ), y sobre su patética figura se apoya la entera estructura de un género inconmensurable: la literatura de oficinas.

La cara del escribiente

“En un departamento había un funcionario; un funcionario del que no se podría decir que tuviera nada de particular: era bajito, algo picado de viruela, algo pelirrojo, incluso algo cegato a primera vista, y tenía una calva incipiente que le arrancaba de las sienes, los carrillos surcados de arrugas y la cara de ese color que suele llamarse hemorroidal…”. En la descripción de Akaki Akakievich, protagonista de El capote (1842) de Nikolái Gógol, se cifra ya la característica esencial del tipo literario sobre el que gravita el género oficinesco: la insignificancia. Las vicisitudes del pobre Akakievich para conseguir un capote nuevo con el que pasar el invierno de San Petersburgo, apenas maquillan con humor la tragedia del individuo moderno: el chinóvnik –funcionario estatal, personaje central en la literatura rusa decimonónica– es a la vez instrumento y víctima de la Razón que lo alumbra.

Akakievich es un copista ejemplar: “Hubiera sido difícil encontrar a otro hombre tan entregado a su trabajo”, se narra, y a continuación: “Tenía letras predilectas que le enajenaban cuando aparecían…”. En la tarea de transcribir letras (no palabras, no sentidos) el escribiente compromete su amor. El acto irreflexivo de trazar sobre pulcros renglones las líneas que resultarán en letras (y luego en oraciones, más allá de la voluntad del copista), se lleva de Akakievich todo lo que tiene de emocional, de sensible. El funcionario resulta alienado. Lo que queda de él es un cuerpo; un cuerpo vacío. Pero un cuerpo, por más insignificante que sea, es pasible de tener frío.

“Su naturaleza específica, bien acogida por el capitalismo, se desarrolla con mayor perfección cuanto más se ‘deshumanice’ la burocracia, cuanto más completamente logre eliminar de los asuntos oficiales el amor, el odio y todos los elementos personales, irracionales y emocionales que eluden todo cálculo”, escribiría Max Weber, pintando la “jaula de hierro” burocrática. En ella, el individuo debe –paradójicamente– escindirse, desaparecer detrás de su función, transformarse en una pieza de relojería. La potencia dramática de semejante precepto es la piedra de toque de la literatura de oficinas, de la que puede tomarse a El capote como obra referencial

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