Diálogo con Ronald Dworkin

La revista Sin Permiso traduce y publica una conversación entre Stuart Jeffries y Ronald Dworkin, uno de los filósofos del derecho más importantes y críticos de nuestra época, a propósito de su último libro Justicia para erizos. Va un extracto del texto:

Ronald Dworkin se maravilla viendo tocar el piano a su amigo Alfred Brendel. Y se pregunta: “¿Por qué toca como toca? Cuando toca una gran sonata, por ejemplo, debe de pensar que su interpretación es mejor que otras interpretaciones; si no, no tocaría como toca, ¿no es cierto?”

Estamos tomando café en el amplio salón, sobriamente moderno, de su casa de cuatro plantas en Belgravia. Dworkin, que no sólo es profesor de filosofía del derecho en la New York University, sino también Jeremy Bentham Professor of Jurisprudence en el University College London, y uno de los más grandes juristas académicos de la era de la postguerra, posee otras casas –en Nueva York y en Martha’s Vineyard—, pero esta es la más grande. Se reclina suave, donosamente en su sillón gris.

Sonríe mientras me asalta con preguntas y respuestas que me dejan desarmado. “¿Por qué cree [el pianista Brendel] que su interpretación es mejor que las otras? Tiene que pensar que es mejor, y la cuestión es por qué. No es porque lo que él toca sea más hermoso que cualquier otra cosa que él mismo pudiera tocar. Porque, si a lo que aspirara fuera a la belleza, podría desviarse de lo que escribió el compositor. En cambio, se atiene fielmente a la partitura. Y sin embargo, no se limita a tocar la música del compositor, sino que la interpreta.”

Farfullo algo fatuo sobre lo que me gustan las interpretaciones que hace Brendel de las últimas sonatas de piano de Schubert. Sólo luego me percato de que debería haber citado lo que escribió Dworkin sobre T.S. Eliot en su último libro Justice for Hedgehogs. Eliot dijo que los poetas no pueden escribir poesía sino como parte de una tradición que ellos interpretan, y por lo mismo, reconfiguran retrospectivamente. Y debería haber añadido entonces que eso es verdad para todos los intérpretes: poetas, pintores, tal vez incluso para profesores con dos amedrentantes cargos académicos. Pero no lo hice.

Sino que me dejé llevar por ideas que no estaban a la altura. ¿Por qué habla Dworkin de Brendel? Después de todo, un artículo que leí mientras preparaba esta entrevista hablaba sobre Dworkin y Brendel. “Estas inteligencias gigantes están entreveradas en un cuarteto apasionante y enternecedor. Irene, la esposa de Brendel de 31 años, sale con el Profesor Dworkin. Para no ser menos, Moravian, Brendel de nacimiento, encontró con 75 años holgura y solaz en una mujer italiana de unos cuarenta y tantos llamada María. ¿Un titular para el Daily Mail?: “Extraño cuarteto para Brendel”. Dejemos de lado la moralina del Daily Mail: si Dworkin continúa siendo amigo de Brendel mientras confiesa que Irene es su “vieja e íntima compañera”, entonces bien está, para él y para todos los involucrados.

Estuvimos dos horas conversando sobre política fiscal estadounidense, sobre matrimonio homosexual y sobre el derecho al aborto. Al escucharlo, uno se siente como un hombre a punto de ahogarse y que inopinadamente vislumbrara un barco través de la niebla, a sabiendas de que nunca logrará acercarse lo bastante como para abordarlo. Más o menos así me sentí cuando leí Justice for Hedgehogs: el profesor de una filosofía grandiosa reflexiona a los 79 años, tal vez en su fase final, sobre qué es la verdad, qué significa la vida, qué precisa la moral y qué exige la justicia.

El asunto de cómo toca el piano Brendel no anda lejos de todo eso. El libro de Dworkin insiste en que historiadores, artistas, juristas, críticos y filósofos, todos ellos, quieran que no, están comprometidos con la interpretación. Cuando haces un juicio moral o político, pongamos por caso, sobre el matrimonio homosexual, estás formulando una interpretación.

Pero hay aquí un giro que hace polémico su libro. Dworkin insiste en que muchas interpretaciones son verdaderas o falsas. Es verdad que sería tonto decir que cuando Brerndel ejecuta el andante de la Sonata de Schubert en A mayor, encuentra la única interpretación verdadera; lo correcto sería decir que su objetivo es interpretarla mejor que nadie. Pero el juez que interpreta una ley del pasado no sólo intenta interpretarla correctamente, sino que su juicio es o verdadero o falso. O al menos eso es lo que sostiene Dworkin.

¿Por qué importa esta afirmación ? “Bueno, por ejemplo, si yo digo que el aborto es malo, creo que lo que digo es cierto, y no que es una opinión tan legítima como otras. Odio que la gente diga: “Está bien que los homosexuales contraigan matrimonio, aunque ésta es sencillamente mi opinión”. “Tu puedes pensar que es exactamente tu opinión, o puedes no sostenerla” Imagínate a un juez que acaba de sentenciar a un hombre a cadena perpetua diciendo: “Otros jueces podrían verlo de manera diferente y ellos tienen derecho a expresar sus opiniones”. ¿Quién podría decir tal cosa de manera razonable?

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3 Responses to Diálogo con Ronald Dworkin

  1. chicoyeye says:

    En eso precisamente estriba el concepto de justicia, recuerdo que leí alguna vez que precisamente los jueces que son los que deberían tener más humanidad, la pierden rápidamente y por lo tanto toman decisiones absolutas escudándose en las leyes para su propio beneficio. Aunque ya se han escrito varias cosas acerca del derecho filosófico, es decir, a mi parecer o último de verdadera filosofía en este sentido es Leviatán, más allá hay filosofía moderna que no es ninguna ciencia, sino pensamientos obtusos de mentes trastornadas.

  2. Interesante reseña, espero encontrar el libro aquí en México.

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