El mal ejemplo de Francia

Como muchos saben el día de ayer entró en vigor en Francia la antiliberal y hasta absurda prohibición del uso del burka en las mujeres musulmanas. En un lúcido artículo publicado hoy por El País, Timothy Garton Ash expone y cuestiona los argumentos de quienes apoyan, acaso por conveniencia político-electoral, esta medida política. Garton Ash apuesta por la libertad de expresión y por un liberalismo sólido que responda con libertades (que las garantice) en sociedades que se han convertido en multiculturales. Es necesario un nuevo diálogo, sustentado en la experiencia social y en el flujo de inmigrantes, entre el liberalismo y el multiculturalismo. Francia debe eliminar una prohibición a todas luces antidemocrática.

Escribe el catedrático:

Creo que la gente debe tener libertad para publicar caricaturas de Mahoma. Creo que la gente debe tener libertad para llevar el burka. En una sociedad libre, los hombres y mujeres deben poder hacer, decir, escribir, dibujar y vestir lo que quieran, siempre que eso no haga grave daño a los demás.

Por consiguiente, los partidarios de una prohibición del burka como la que entró en vigor en Francia ayer, lunes 11 de abril, deben demostrarnos qué daño hace que las mujeres se paseen con el rostro cubierto. Hasta ahora, han ofrecido tres argumentos fundamentales.

En primer lugar, dicen que el velo que cubre por completo el rostro es una amenaza para la seguridad pública. Jean-Francois Copé, líder del partido de Nicolas Sarkozy, la Unión por un Movimiento Popular, ha mencionado un atraco a mano armada que llevaron a cabo “en las afueras de París unos criminales disfrazados con burkas“. Otros hablan de que bajo el burka puede ocultarse un posible terrorista suicida. ¿Pero cuántos incidentes así ha habido? Para los terroristas de Londres y Madrid, la mochila fue un sitio más fácil en el que esconder una bomba. Y, por otra parte, hace muchos años que los manifestantes violentos que provocan disturbios callejeros se ocultan con pasamontañas y que la media (o su equivalente actual) en la cabeza es el uniforme obligado del atracador. Es ridículo sugerir que las menos de 2.000 mujeres que se cree que llevan el burka en Francia, como las menos de 500 en Holanda, constituyen de pronto una amenaza para la seguridad más grave que todos esos hombres encapuchados y con pañuelos que llevan decenios ejerciendo la violencia.

Lo cual nos lleva al segundo argumento: una sociedad abierta requiere que nos podamos ver las caras. Simpatizo enormemente con esta postura. Casi todas las sociedades libres tienen ciertas normas que rigen nuestras apariciones en público: nada de desnudos frontales completos, por ejemplo, salvo en los lugares reservados para ello. Si, desde hace 50 años, llevar el rostro descubierto en público es la norma legal establecida en las sociedades europeas, igual que lo es cubrir las partes íntimas, sería razonable insistir en que quienes deciden vivir aquí la respeten. Sin embargo, aunque nos quieran presentar la ley francesa como algo igualitario y universalista, es evidente que en realidad no lo es

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